ORIGEN DE LA CARTOMANCIA
El arte de echar las cartas, llamado Cartomancia, es una de las ramas de la Ciencia Secreta que tiene por objeto leer el porvenir, basándose en el sentido oculto que se atribuye alas figuras de los naipes, dispuestos según las reglas del arte.
La Cartomancia es una derivación de la Ciencia Adivinatoria de los antiguos sacerdotes egipcios, ciencia maravillosa que estudiaban en el famoso Libro de Thot. Éste se componía de 78 láminas simbólicas, llamadas tarots, y en ellos se encerraban los profundos Arcanos que debían rasgar el velo del Porvenir a quienes sabían descifrarlos.
Por lo que antecede se viene en conocimiento de que el arte de predecir lo futuro por la interpretación de figuras emblemáticas es antiquísimo, pero el de la Cartomancia propiamente dicha data del siglo XII, época en que aparecieron en Europa las cartas o naipes de jugar.
Los astrólogos de aquel tiempo, que eran a la vez profundos cabalistas y conocedores de la Ciencia Hermética, fueron los que, aprovechándose de la boga en que se hallaban las cartas, adoptaron éstas en sus elucubraciones adivinatorias y dieron origen al arte que llamaron Cartomancia, y a los que la ejercían se titularon cartománticos.
Este arte no es, como suponen muchos, una vana superstición. Goethe, el gran pensador alemán, decía que la Cartomancia era una Astrología abreviada. En efecto: quien la estudie detenidamente y sin prejuicio alguno, ha de hallar en ella un fondo científico que la hace, por lo menos, digna de respeto.
Los que la han desacreditado son los embaucadores de profesión, las echadoras de cartas, ignorantes en su mayoría de la ciencia que dicen poseer, pero muy hábiles, en cambio, en el arte de sacar el dinero a su cándida clientela.
Tampoco han favorecido el arte cartomántico aquellas personas que se han dedicado a él sin el convencimiento y la preparación que dicho arte requiere, bien por no atender debidamente a sus reglas, o bien porque no lo han estudiado en libros o tratados concienzudamente escritos.
Dice Balzac, en su notable novela Mi primo Pons. "No viendo nada más que el lado posible de la adivinación, creer que los acontecimientos futuros de la vida de un hombre, que los secretos sólo de él conocidos, pueden ser representados por los naipes que él mezcla y corta, y que el cartomántico divide en montones, según las leyes misteriosas de la adivinación, parece cosa absurda; pero, ¿no parece también cosa absurda que se condenara en un principio la navegación aérea, la invención de la imprenta, la de los telescopios, la del daguerrotipo? Si alguien le hubiese dicho a Napoleón I que todos los objetos existentes tiene un espectro asible y perceptible, habría alojado a ese hombre en el manicomio de Charenton y, sin embargo, eso demostró que era posible el gran Daguerre, con su descubrimiento de la fotografía".
Y, no obstante, Napoleón I no daba un paso en su vida sin consultarlo antes a la célebre cartomántica Mlle. Lenormand. Esto, hasta cierto punto tiene su explicación. A fines de 1787 había en Marsella una famosa echadora de cartas llamada Mme. Julliot. Acudían a consultarla pobres y ricos, viejos y mozos, aristócratas y lavanderas. Decían cuantos la consultaban que poseía el don de segunda vista (clarividencia), pues adivinaba con exactitud pasmosa los secretos del presente, del pasado y del porvenir.
Un día se presentó en su casa un mozo imberbe que no debía de tener más de diecisiete años. Era bajito de cuerpo, enjuto de carnes y de aspecto delicado.
-¿Qué desea usted saber? -preguntó la sibila.
-Pues... si viviré muchos años y si haré fortuna. La adivina tomó la mano del adolescente, la examinó largo rato y luego miró con admiración a su cliente.
-Vivirá usted medio siglo.
-Bien. ¿Y en cuanto a la fortuna?
-Será tan extraordinaria, tan alta, que ni siquiera puede usted soñarla.
-¿Por qué no? -respondió tranquilamente el muchacho.
-Porque sólo puede esperarla el que ha nacido en las gradas de un trono.
-Si llego a reinar -replicó riendo el mozo-, recuérdeme su profesía.
-Imposible.
-¿Por qué?
-Porque habré muerto.
El joven sacó una moneda del bolsillo y la iba a entregar, diciendo:
-Siento no ser más rico para dársela de oro.
La hechicera rehusó la moneda.
-Cuando se tiene el honor de haber hablado con un cliente como usted, ese honor vale más que una fortuna. ¡Adiós, general!
El jovenzuelo rió y se alejó.
Se llamaba Napoleón Bonaparte.
Años después, contó el caso a uno de sus amigos, el mariscal Lefebvre, que a su vez lo relató a varias personas.