El Ángel del Señor
Pero antes de que ambas restricciones sean un hecho, ángeles o elohims han tenido tiempo sobrado de hallar cobijo en las páginas de los Libros Santos. En el éxodo, por ejemplo, la figura del ángel del Señor adquiere un carácter preeminente ya que acompaña a la Nube durante el día y a la Columna de Fuego durante la noche, para así guiar los pasos de los israelitas que, acosados por los ejércitos del Faraón, huyen de Egipto. El ángel aparece como un mero desdoblamiento de Dios en los diversos acontecimientos que componen el relato del éxodo, pero en períodos posteriores, en la época de los profetas, cuando estos representan de algún modo una voz crítica en cuanto a la actitud divina respecto del hombre, el ángel ya no es un reflejo directo de Dios sino que es, o bien el mismo Dios o una emanación autónoma del Eterno: «...vi al Señor sentado sobre su trono alto y sublime, y sus alas henchían el templo dice Isaías al relatar su visión de Dios. Ante él había serafines, cada uno de ellos provisto de seis alas. Con dos de ellas se cubrían la faz, con otras dos se cubrían los pies y con las dos de sus costados, volaban mientras se respondían unos a otros, cantando:
" Santo, Santo, Santo, Jehová, el Señor de los Ejércitos! Llena esta la Tierra de su gloria!"» La descripción que hace Isaías de los serafines rompe con la imagen tradicional de los ángeles, pero se aproxima muy mucho a la imagen del Hombre Itifálico de las cuevas prehistóricas: sexo dual, dos pequeñas alas en los pies y dos alas grandes en los costados. Las dos alas suplementarias que propone Isaías para cubrirse la faz, en realidad, lo que enmascaran es la testa del itifálico: su cabeza de ave. Los ángeles poseen cabeza y facciones humanas, pero siguen ejerciendo la función de mensajeros de Dios, que ejecutan desplazándose rápidamente por los aires con sus alas. La misma función que en el paganismo realizaban las aves, mensajeras de los dioses. El mismo aspecto humano caracteriza también a los querubines, quienes aparecen en el Pseudo Dionisio como servidores directos de Dios y, lo mismo que los serafines, en un aspecto nos recuerdan también al itifálico, que Isaías tiene buen cuidado en disimular haciendo que se cubra la cara con dos de sus alas.
En la visión de Isaías, los sera, serafín o serafines aparecen como coros que celebran con sus cánticos la gloria de Dios y, como hemos apuntado, implícitamente su aspecto se asocia al humano. El término será en hebreo suele traducirse como llama o como arder. Un sustantivo y un verbo que nos remiten a la naturaleza espiritual del ángel, es decir, a su figuración de fuego: la alegoría habitual del espíritu La faz de Moisés se ilumina después de que haya estado en compañía de Dios. La luz que irradia su rostro es tan ardiente que los seguidores de Moisés deben cubrirse los ojos para no ser deslumbrados. Los serafines, los ardientes, según la opinión del teólogo, suelen llamarse así por el ardor que ponen en servir a Dios, pero según la opinión del místico también deslumbran con su llama ardiente si ocasionalmente son avistados por los hombres. Los serafines, a veces, también parecen confundirse con voladoras serpientes ardientes, tal como se relata en Números XXI, 6, cuando Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes... La imagen sugiere una asociación de ideas que nos lleva a la imagen habitual de Lucifer en su figuración de Serpiente Celeste. Asociación e imagen, sin embargo, que los comentaristas bíblicos rechazan para sugerir que las «serpientes ardientes» son simplemente las primitivas alegorías de Jehová, cuando este era considerado como el dios de las tormentas y se le representaba simbólicamente por el rayo y el relámpago Y, ciertamente, en la época de los profetas, cuando ya Isaías evoca en su canto a Venus-Lucifer cayendo de los cielos, se silencia con obstinación la emblemática figura del ángel Rebelde y se introduce subrepticiamente la imagen del serafín como la figuración del relámpago, y la figuración del trueno como la alegoría del querubín
Nephilim
En la mitología bíblica, que trastoca toda cronología y hace aparecer a los gigantes como los culpables del Diluvio, por haberse unido «a las hijas de los hombres porque eran hermosas, a los iniciadores postdiluvianos, antes de asociarlos a los ángeles (a los mismos «gigantes»), se les llama nephilim, una palabra que podría traducirse por gigante, hacedor de prodigios, emisario de otro mundo y, eventualmente, también como querubín La Biblia, empero, desfigura un tema arcaico presente en otras mitologías previas. Tanto en la tradición de Asia Menor como en la de la América precolombina, en efecto, se reitera el episodio del Diluvio (tal vez referido a un segundo diluvio), acaecido hace entre 7.000 y 8.000 años, cuando un cometa aparece en el cielo y pierde la cola para incorporarse a nuestro sistema con el nombre de planeta Venus. Este fenómeno, que causará dramáticos efectos, entre ellos muy probablemente la variación del eje terrestre, lo que a su vez provocaría el desplazamiento de grandes masas polares y el fenómeno que conocemos como el Diluvio Universal, lo recogen diversas mitologías Al cometa causante del cataclismo, lo llamaran Quetzalcoatl (la Serpiente Emplumada) en México, Viracocha en Perú, Orejona los aztecas, Bala en Asia Menor y Bel o Beleno en el Occidente de Europa. En realidad, Bel o Viracocha no son los responsables del Diluvio. La Serpiente Celeste que representa Beleno o Quetzalcoatl no es el propio Dios sino el enviado de Dios, su ministro o su ángel La Biblia, sin embargo, trastoca los términos y Lucifer, presentado como rebelde contra Dios, es estigmatizado y, después de perder la batalla cósmica contra el fiel arcángel Miguel, es arrojado fuera de los Cielos y precipitado a las tinieblas exteriores. Alegorizado Lucifer en el planeta Venus, el ángel Rebelde queda particularmente proscrito tanto en el judaísmo como en el cristianismo, enmascarando ambas doctrinas las previas asociaciones de Venus con las paganas Ishtar y Astarte.
Mal podía aceptarse, en efecto, la creencia unánime de las civilizaciones de hace tres milenios de que el origen de nuestra era procederá de una concepción venusiana, es decir, que poseía un origen andrógino cuyas peculiaridades las teocracias se apresuraron a desfigurar para hacer prevalecer así la creencia de la superioridad masculina a través del concepto de la espiritualidad solar. Titánica labor de ocultación que, a pesar de los siglos transcurridos, sigue produciéndose en nuestros días, ya que continua la solapada labor de mixtificar aquellos aspectos de la evolución que incomodan a los esquemas sociales determinados por el poder, en absoluto dispuesto a admitir que, después del cataclismo cósmico, a los iniciadores postdiluvianos que aparecen viniendo de no se sabe donde para recomponer la civilización desaparecida, se les llama indistintamente egregores, titanes, ases, ángeles, querubines, dioses y demonios.
Con la imposición de las teocracias, un signo que desaparece del Zodíaco es el Ofiucos o Serpentario, llamado también la Serpiente Celeste o el Dragón Alado. Por lo que respecta a la Biblia, sobre todo en Isaías, después de cantar la caída de Lucifer, el profeta asocia a la Serpiente con el Niño que un día ha de venir para convertirse en el Ungido y engrandecer al pueblo de Israel. Este Niño predestinado a ser el Mesías del pueblo elegido de Dios, nacerá en unos tiempos en los cuales «el lobo habitará con el cordero, el leopardo se acostará con el cabrito y comerán juntos el becerro y el león..) Tiempos edénicos en los cuales, sin embargo, el Mesías, como nos enseña el Nuevo Testamento, debe morir para salvar a los hombres. Es, una vez mas, el ritual correspondiente a la proclamación del rey, quien debe morir real o figuradamente para dar paso a su heredero o sucesor. En estos marcados simbolismos, la muerte simbólica del rey es siempre necesaria para cumplir con el ritual del ungimiento. David alza su espada contra el dormido Saul, pero finalmente se limita a cortarle solo un pedazo de su túnica. Como en la magia mimetica, con el gesto basta: «Líbreme Yahve de alzar mi mano sobre el que es el ungido de Yahve», dice Samuel (XXIV, 7). En Isaías se reitera en especial el entorno que debe acoger al futuro Mesías.
Un medio donde el Bien y el Mal deben necesariamente coexistir, donde Dios y Satán deben encontrar una fórmula que les permita convivir. El reino mesiánico ideal que espera al Ungido es aquel en el cual el niño de teta jugará con la serpiente y el niño destetado meterá su mano en la caverna del basílisco. La serpiente, pese a que en algunos casos sea tomada por un pequeño aspid venenoso, alude inequívocamente a la Serpiente Celeste, la cual, lo mismo que el basílisco, o su alegoría de Dragón Alado, no es sino una figuración del maléfico Lucifer. Pero lo mismo que el Mesías es etimológicamente el Ungido, es decir, aquel que tiene derecho a ocupar el trono de Israel, también etimológicamente el basílisco es el Rey, el Basileo de los gnósticos, cuyo prestigioso nombre adoptará sin rubor el cristianismo para derivado en basílica aplicarlo a sus principales templos. Isaac Asimov, en sus comentarios bíblicos, asocia el basílisco al cockatrice sajón, un término creado a partir de la voz cocodrilo y al cual, la exaltada imaginación medieval le atribuyó el haber sido originado por un huevo de gallo. Refrenda lejana a la aparente bisexualidad del ángel, pero a través de la cual, con el insólito huevo del gallo que debería incubar no una gallina sino una serpiente que, como el gallo, debía lucir sobre la cabeza una cresta para remedar así la corona real, se silencia el origen gnóstico del Basiliense filius, del hombre que, de ser un hombre como todos, pasa a convertirse en el arkantropos, un ser que, igual que los ángeles, esta mas allá de la mera diferenciación sexual que distingue a los hombres estrictamente terrestres.
El arcángel Miguel fulmina al arcángel Lucifer con la mirada y el basilisco, lo mismo que la Serpiente Broncínea de Moisés fulmina también con la mirada a aquellos que se atrevan a posar sus ojos sobre ella El menudo basilisco fulmina al fiero león con la mirada, lo mismo que la Serpiente Broncínea de Moisés fulmina a los enemigos de Israel con su mirada. Previamente, a su vez, Miguel fulmina a Lucifer con la mirada y lo precipita a los infiernos: Cómo caíste de los cielos, oh lucero de la mañana Cortado fuiste por tierra, tu que debilitas a las gentes. Tu que decías en tu corazón: "Subiré al Cielo, en lo alto junto a las estrellas de Dios ensalzaré mi solio, y en el monte del testimonio me sentare, a los lados del aquilón Sobre las alturas de las nubes subiré y seré semejante al Altísimo.."» semejanza de lo que hace Zeus con los gigantes rebeldes y con los sublevados titanes, a todos los cuales sepulta en el fondo de la tierra en el inferus o mundo inferior, Jehová hace que Lucifer sea arrebatado del Cielo y sepultado en los infiernos. Pero, como continúa profetizando Isaías, las asechanzas del Maligno no se interrumpen: «No te regocijes, oh Filistea, ninguno de vosotros podeis regocijaros pues aunque haya sido roto el palo que te golpeaba, en verdad os digo que de la raíz de la serpiente saldrá una culebra venenosa y su fruto será una culebra ardiente voladora».
Lilith
La serpiente voladora es Lilith, el diablo hembra o el ángel hembra, que según la leyenda talmúdica se une pecaminosamente a Adán antes de que Dios le hiciera una compañera, separándole a Eva de su costado. Era la época del Edén, la Edad Dorada, y por lo tanto el pecado la muerte aun no existía, pues, de creer a San Pablo, precisamente «con el primer pecado entro la muerte en el mundo». Epígono de Satán, Lucifer se rebela con sus huestes no solo por pretender sentarse a la diestra de Dios sino, motivo mas prosáico, también porque desde que se uniera a Adán, Eva se negaba radicalmente a unirse sexualmente con el ángel Pero además de esta motivación trivial de Lucifer, simple cuestión de celos, contaba también colectivamente el hecho de que los ángeles se negaban a reverenciar a Adán puesto que el hombre estaba hecho de barro y ellos estaban hechos de luz. Y dado que a Satán-Lucifer las ordenes divinas se le antojaban injustas, decidió entonces lanzarse al asalto de los Cielos.
Una maniobra que, como sabemos, fracaso tan estrepitosamente que jefe y acólitos fueron precipitados por el arcángel Miguel a los infiernos. Lilith, sin embargo, no parece que sufra el mismo destino, pues Isaías, después de insinuar que el bello ángel hembra, frustrado porque el apuesto Adán ya no le hacia caso, decidió quedarse en la Tierra convertido en el Demonio de la Noche. Astuta, para pasar inadvertida, Lilith adopto la forma del búho y así, en la oscuridad nocturna, con su canto ululante, poder aterrorizar a los hombres. La distintas versiones de la Biblia, normalmente, traducen como lamía el vampiro hembra en las leyendas semíticas lo que debería ser Lilith, un nombre que con el significado de búho ululante» lilitu, Isaías aplica (XXIV, 14) al espíritu nocturno que busca las regiones áridas para juntarse con otras bestias aulladoras y acoplarse a la culebra velóz que ha hecho su nido y pone sus huevos y los empolla debajo de su sombra Lilith, pues, como búho ululador, resentida por no haber podido tener hijos con Adán, se alla con su amiga la Serpiente el marido de todas las mujeres», según el mito para tentar a Eva con la manzana y hacer que, finalmente, nuestros primeros padres sean expulsados del Edén ya que, siguiendo el ejemplo de Lucifer, que quiso sentarse a la diestra de Dios, ellos también pretenden alargar su brazo y coger el fruto de la Vida para ser como Nos, inmortales e imperecederos, dice el propio Dios.
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