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EL LEGADO DE LOS CELTAS

Una Espiritualidad Práctica

La Idea de Amistad con los Sentidos

El cuerpo es la única casa que poseemos en el universo entero. Todo otro hogar pasará, pero el cuerpo es el que permanece con nosotros, unido al alma, unido al espíritu. Lejos de considerarlo mera materia, el cuerpo es un refugio de arcilla celestial que nos cobija, y tiene una dignidad sagrada como parte de la totalidad físico-espiritual que somos. No podemos cuidar nuestro cuerpo sólo en su aspecto físico. Se tiende a pensar que las cosas sutiles son para el alma y las cosas sanas y naturales, para el cuerpo. Para los celtas no era así. El alma necesita alimento material también, y por supuesto el cuerpo sabe aprovechar muy bien el alimento espiritual. Dicho de otro modo: no hay nada menos práctico que tratar al cuerpo sólo como algo físico. Nuestros sentidos son también puertas del alma, así como el alma nos abre a nuevas posibilidades del cuerpo. Como ya vimos: la idea celta de amistad es la ambivalencia, en lugar de esos "opuestos" (físico versus espiritual, en este caso) que tanto complican nuestra existencia.

La Espiritualidad de tus Sentidos

¿Alguna vez te preguntaste por qué en la mayoría de los idiomas hay alguna forma de saludo que utiliza expresiones parecidas a "Nos vemos...", "Te veo luego..." y cosas por el estilo? ¿Por qué ese saludo en forma de promesa de contacto físico directo? Porque la cercanía de las almas puede ser muy bella e intensa, pero la del cuerpo es imprescindible. Uno puede estar separado por miles de kilómetros de alguien que quiere y mantenerse en un contacto muy estrecho a través de la correspondencia o incluso sin ninguna clase de contacto directo excepto el recuerdo. Pero tarde o temprano la falta de experiencia directa de uno con otro hará que la conexión de esas almas comience a diluirse imperceptiblemente. Las personas necesitamos del contacto físico directo, del mirarnos a los ojos, para mantener viva la llama de la comunicación. Y en esta necesidad de contando físico hay muy poco de físico y mucho de trascendencia. Nuestros sentidos, que son los encargados de registrar los contactos físicos, se comportan también y a la vez como órganos espirituales. Cuidan que los sentimientos sutiles albergados en el alma no se diluyan por efecto de distancia y lejanía. El cuerpo y los sentidos actúan, claramente, como ángeles guardianes del alma.

El Sacramento del Cuerpo

El mundo invisible del alma se expresa en el mundo visible a través del cuerpo. En este sentido, el cuerpo es un sacramento. El significado tradicional de esta palabra es "la señal visible de la gracia invisible". Y eso es nuestro cuerpo. ¡Mira si no debes cuidarlo! Pero además de cuidarlo físicamente, o mejor dicho antes que cualquier otro cuidado, debes cuidarlo espiritualmente. La espiritualidad es algo práctico, que se ejecuta con pasos concretos. ¿Cómo puedes cuidar espiritualmente tu cuerpo? Celebrándolo.

La Celebración de la Sensualidad

Los celtas siempre celebraron la sensualidad. Pero hay que tener cuidado con el término "sensualidad". En nuestros tiempos se lo asocia a sólo una parte de su verdadero significado, la que tiene que ver con el sexo. Pero debemos entender "sensualidad" en el sentido más amplio como un disfrute de los sentidos en general. Así la veían los antiguos celtas. Y en este sentido, la sensualidad se convierte en el alimento y el guardián contra la oscuridad de nuestro cuerpo. Nuestros sentidos básicos son también herramientas espirituales. La visión, el olfato, el tacto, la audición, la posibilidad del sabor, son todas armas que tenemos para cuidar el cuerpo. A través de los sentidos es por donde ingresaremos la energía permanente que tonifica la parte espiritual de nuestro cuerpo (o la parte física del alma, que viene a ser lo mismo).

Como nos sucede con tantas otras cosas de suma importancia en la vida, los sentidos apenas solemos utilizarlos en un mínimo porcentaje y siempre de una manera exclusivamente utilitaria. Tomándolo con humor, podríamos decir que los ojos los usamos para cruzar la calle sin que nos atropelle un automóvil, el olfato para saber cuándo se nos quema la comida, la audición para oír qué pasa en la televisión mientras vamos al baño, el tacto para encontrar la llave de la luz al entrar a oscuras en casa y el gusto para reconocer que las galletas se han humedecido, pero no mucho más que eso. Y claro que esas funciones prácticas de los sentidos son imprescindibles. Pero para la tarea de mejoramiento espiritual en pos de la libertad del alma, debemos hacer trabajar un poco más a nuestros sentidos. Así como intentamos aprender a plantarnos ante la vida de manera tal que cada instante sea algo sorprendente y nuevo, también en cada instante nuestros sentidos pueden alimentarnos. Esa posibilidad merece ser celebrada.

Mirar y Además Ver

¿Por qué no usamos la vista con más atención? ¿No está acaso la calle llena de personas y cosas agradables para ver? Y no nos pongamos la excusa de que la vida nos deja poco tiempo para pararnos a contemplar el panorama. Porque aun en los tiempos muertos, como por ejemplo cuando viajamos en un subterráneo rumbo al trabajo, no usamos la vista para regocijarnos. Tomemos ese ejemplo del subterráneo. Mira esa persona que viaja a unos pocos asientos de distancia: se ha preocupado por arreglarse y acicalarse, aunque probablemente sólo esté yendo a su trabajo igual que tú; pero si se ha arreglado no es sólo porque en la oficina se lo exigen, sino también para sentirse bien consigo misma. ¡Y eso es algo que tú también puedes disfrutar! En cierta manera, esa persona se acicaló para tí. No lo dudes. Aunque ni ella misma lo sepa. Disfrútalo...

Disfrútalo tanto como puedes disfrutar de esa estación abandonada que sólo ahora ves en la oscuridad del túnel entre dos estaciones. Es una imagen sugerente, ¿verdad? Pasaste quizá cientos de veces por allí, pero nunca la viste. Ahora que por fin reparaste en ella, deja volar tu imaginación y trata de ver las historias que pudieron pasar por esa estación que ahora ya nadie usa, pero que sin duda fue testigo de encuentros y desencuentros. ¿Comprendes cuánto hay para disfrutar simplemente en un momento de ese viaje que haces todos los días y que seguramente considerabas reiterativo y aburrido? Pues lo mismo sucede con cada instante o circunstancia de tu vida: tus ojos te pueden revelar mundos infinitos y relaciones inesperadas bajo la cáscara de lo cotidiano, y cada una de esas revelaciones, en mayor o menor medida, te mantiene en estado.

Oye, Palpa, Ama

Lo mismo que vimos en el párrafo anterior se aplica a los restantes sentidos. Sólo hay que agregar les imaginación y curiosidad a sus atributos naturales, y ya está. Tu sentido de la audición no debe ser considerado como una especie de micrófono siempre abierto que capta los sonidos del entorno, prestando atención sólo a los que te parece que debes oír a efectos prácticos. También la voz de ese vendedor de periódicos de la esquina puede ser una música que te aporte algo nuevo, así como detenerte un minuto al cruzar una plaza y tocar con toda la atención puesta en ello la corteza de un árbol y las suaves hojas mojadas del rocío de la mañana puede ser una experiencia tan gozosa como la que más.

Si te entrenas para tener alerta todos tus sentidos, y les agregas ese toque de imaginación para descubrir nuevas maneras de disfrutarlos a cada instante impulsado por el motor de la curiosidad, lo que estarás haciendo será sumar experiencias amables cuya acumulación te va dotando de una energía que quizá no imaginabas que tenías a tu disposición, por que estaba taponada por el agobio de la monotonía. Los grandes sueños inalcanzables son algo maravilloso que nos impulsa, pero el verdadero combustible de la vida está en los instantes, en lo pequeño, en la repetición de la maravilla. Tu cuerpo, a través de sus sentidos, es quien te permite aprovechar los permanentes milagros cotidianos. Tu cuerpo los necesita tanto como tu alma. No se los niegues, ni te los niegues a ti mismo.
Si eres un buen amigo de tu cuerpo, estás protegiendo tu propia eternidad.

El Ciclo de Ossian

En Irlanda hay dos héroes míticos máximos. Uno está retratado ampliamente en lo que se conoce como el Ciclo del Ulster, y es CuChulainn. El otro gran héroe es Finn McCumhaill, padre a su vez de un héroe que es casi tan grande como estos dos: Ossian. A este último, además, se le atribuyen infinidad de relatos acerca de las hazañas de los caballeros fennianos, a los que su padre y él pertenecían. Esta orden es fundamental en el nacimiento de la moderna nación irlandesa y también de la escocesa. El origen de la orden se atribuye al rey Fechtnach, quien la habría fundado hacia los años 60 ó 70 de nuestra era para proteger la isla de invasiones extranjeras. La orden de los caballeros fennianos, o los "fianna", contaba ya hacia el siglo III con más de 4.000 miembros, entre los que se contaban 200 oficiales.

Entre estos valerosos guerreros, el más grande de todos fue el jefe de los "fianna" del condado de Leinster, el mítico Finn McCumhaill, quien tuvo gran participación en la historia primeriza de los irlandeses, aunque su manera arrogante y violenta de conducir a la orden acabó por lograr que el resto del pueblo irlandés se le pusiera en contra, y que los fennianos terminaran por ser atacados y derrotados en la batalla de Gowra, por las huestes del rey Cairbré Lifechair. En la serie de relatos en parte históricos y en parte mitológicos del ciclo fenniano se encuentran infinidad de historias prodigiosas que transcurren no sólo en Irlanda, sino en desconocidos países de maravilla en los cuales abundan los gigantes, las hadas, los elfos, los magos, los ogros y los caballeros de fuerza, valor y habilidades mitológicas. Algunos de estos maravillosos relatos, cuya lectura resulta un placer, se reproducen a continuación:

Ossian en Tir na n'Óg

Según cuenta una leyenda, Ossian el hijo de Finn McCumhaill, vivió hasta los tiempos de Saint Patrick, patrono de Irlanda, es decir 200 ó 300 años después de la época de los relatos del ciclo fenniano. Una vez, Ossian se encontró con el santo, y éste le preguntó cómo había hecho para vivir hasta tan avanzada edad. Entonces el héroe le contó a Saint Patrick la siguiente historia: "Poco después de la batalla de Gowra, donde murieron tantos de nuestros héroes, estábamos cazando una mañana llena de rocío cerca de las orillas de Logh Lein, donde los árboles tenían fragancia de capullos y los pájaros cantaban melodías en sus ramas. Espantamos a los ciervos de los bosquecillos, y cuando éstos se lanzaron sobre la llanura nuestros sabuesos los persiguieron en medio de un desaforado coro de aullidos.

Hacía poco que estábamos entregados a la caza, cuando vimos un jinete que venía a nuestro encuentro desde el oeste. Pronto advertimos que se trataba de una doncella montada en un corcel blanco. Todos interrumpimos la cacería al ver a la dama, que detuvo su caballo ante nosotros. Y Finn y sus fennianos quedaron muy sorprendidos, puesto que jamás habían visto mujer tan bella. Lucía un vestido marrón de seda salpicado de estrellas de oro rojo, abrochado por delante con un prendedor de oro, y tan largo que se arrastraba por el suelo; una fina diadema de oro circundaba su cabeza. Su cabello flotaba sobre su vestido en brillantes bucles dorados. Sus ojos azules eran como las gotas del rocío sobre la hierba, y mientras su mano sujetaba la brida del caballo, ella se mantenía sentada con más gracia que los cisnes de Lough Lein. El blanco corcel tenía cuatro herraduras de oro, y en toda Erin (Irlanda) no podía encontrarse uno mejor o más hermoso. Cuando la doncella se adelantó hacia Finn, éste le habló con la más sutil de las cortesías:

—¿Quién eres, oh, bella y juvenil princesa? Dinos tu nombre y el de tu país, y cuéntanos la razón de tu arribo. La doncella respondió con dulce y gentil voz: —Noble rey de los fennianos, he efectuado hoy un largo viaje, ya que mi país se encuentra muy lejos, en el Mar Occidental. Soy la hija del rey de Tirna n'Óg y me llamo Niam, la dé los cabellos de oro. —¿Y cuál es la causa que te ha hecho venir desde tan lejos, atravesando el mar? ¿Te ha abandonado tu marido? ¿O te ha ocurrido algún otro infortunio? —Mi marido no me abandonó ya que no he estado casada ni comprometida con hombre alguno. Pero amo a tu noble hijo Ossian, y esto es lo que me trajo a Erin. No sin razón le he dado mi amor y he emprendido tan largo viaje: porque he oído hablar a menudo de su valor y su gentileza de caballero. Muchos príncipes y altos jefes me han pretendido en matrimonio, pero me he mantenido indiferente a todos los hombres y jamás he consentido en desposarme con ninguno, hasta que mi corazón fue conmovido por el amor que me inspiró el valiente Ossian.

Al oír estas palabras y ver a la hermosa doncella de los cabellos de oro, me sentí al instante inflamado de amor por ella. Me acerqué, le dije que era una suave estrella de resplandor y belleza, y que la prefería a todas las princesas del mundo. —Entonces te impongo la "geasa" (promesa o prueba de amor), que los héroes auténticos jamás violan, de acompañarme sobre mi blanco corcel a Tir na n'Óg, la tierra de la Eterna Juventud. Es la más renombrada de las comarcas que existen bajo el sol. Abundan allí el oro y la plata y las joyas, la miel y el vino, y los árboles dan frutos y flores en toda época del año. Obtendrás cien espadas y cien trajes de seda, cien veloces corceles y cien sabuesos de olfato mágico. Conseguirás también una cota de malla que no puede ser perforada y una espada que jamás ha errado golpe y de la cual nadie ha escapado con vida. A diario hay fiestas y diversiones. Cien guerreros armados de pies a cabeza estarán al alcance de tu voz, y los arpistas te deleitarán con su dulce música. Ostentarás la diadema del rey de Tir na n'Óg, que éste jamás le ha dado a hombre alguno, y que te protegerá día y noche de peligros de todo género. El transcurrir del tiempo no te traerá ni descomposición ni muerte, y estarás dotado de una belleza y fuerza que no se marchitarán. Gozarás de todos estos deleites y muchos más que no te menciono. Y yo seré tu esposa, si vienes conmigo a Tir na n'Óg.

Le contesté que ella era mi preferida entre todas las vírgenes del mundo, y que la acompañaría muy gustoso a la Tierra de la Eterna Juventud. Cuando mi padre Finn y los fennianos me oyeron decir esto y conprendieron que iba a abandonarlos profirieron tres gritos de pena y de queja. Y Finn se me acercó y tomando mi mano entre las suyas me dijo: —Ay de mí, hijo mío. Me abandonas y sé que nunca volverás... La viril belleza de su semblante era empañada por el dolor, y aunque prometí regresar al poco tiempo y confié con toda mi alma en volver a verlo, no pude contener las lágrimas al besar con dulzura las mejillas de mi padre. Luego me despedí de mis camaradas y monté el corcel blanco, mientras la doncella conservaba su sitio en la silla delante de mí. Dio la señal y el caballo se lanzó con ritmo veloz rumbo al oeste, hasta que llegó a la playa, y cuando sus cascos herrados con oro rozaron las aguas se estremeció y relinchó tres veces.

Se zambulló en el oleaje, desplazándose sobre el haz del mar con la rapidez de una nube en un día de marzo. El viento alcanzó a las olas y nosotros alcanzamos al viento, de modo que inmediatamente perdimos de vista mi tierra, y sólo vimos marejadas que volteaban delante de nosotros y marejadas que volteaban a nuestras espaldas. Aparecieron otras costas y vimos durante nuestro viaje muchas cosas maravillosas: islas y ciudades, mansiones blancas como la cal, resplandecientes casas de verano y altivos palacios. Un pequeño ciervo sin cuernos se cruzó en un momento en nuestro camino, saltando ágilmente de la cresta de una ola a la de otra, y siguiéndole de cerca, en plena caza, vimos un sabueso blanco de orejas rojas. También vimos a una hermosa doncella que cabalgaba sobre un corcel pardo y llevaba una manzana de oro en la mano; y cuando hubo pasado velozmente, un joven jinete guerrero se sumergió en pos de ella en las aguas, con su larga capa de seda amarilla flotando y blandiendo una espada con empuñadura de oro. Yo me encontraba maravillado por todas estas cosas, y pregunté a mi princesa qué significado tenían.

—No prestes atención a lo que veas aquí, Ossian, porque todas estas maravillas son nada comparadas a las que verás en Tir na n'Óg. Por fin divisamos a gran distancia, emergiendo sobre las olas en el linde mismo del mar, un palacio más espléndido que todos los demás, cuya fachada resplandecía como el sol de la mañana. Le pregunté a Niam qué dominio era ése, y me dijo: —Ese país es la Tierra de la Virtudes. El rey es el gigante Fomor, el de los golpes, y la reina es la hija del rey de la Tierra de la Vida. Fomor se llevó a la dama por la fuerza de su propio país y la retiene en este palacio. Pero ella le ha impuesto la "geasa", que él no puede violar, de no poder casarse con ella hasta que aparezca un campeón que luche contra él en singular combate. Por eso ella sigue permaneciendo allí virgen, porque no ha aparecido aún héroe con valor suficiente para enfrentarse a Fomor. —Dios te bendiga, Niam de los cabellos de oro —repliqué—. Jamás he oído música más dulce que tu voz. Me has inspirado mucha piedad por esa princesa, y da por seguro que iré al palacio, enfrentaré al gigante Fomor y trataré de liberarla.

De modo que llegamos a tierra, y cuando nos acercamos al palacio salió a nuestro encuentro la bella cuativa a darnos la bienvenida. Nos condujo al interior del palacio y nos instaló en sillas de oro, después de lo cual nos sirvieron excelsas comidas y cuernos de beber llenos de hidromiel y copas de oro con dulce vino. Mientras comíamos la bella princesa nos contó su desdichada historia al tiempo que las lágrimas fluían de sus suaves ojos azules, y terminó diciendo: —Jamás he de volver a mi país y a la casa de mi padre mientras ese cruel gigante esté vivo!

La Poesía

En los orígenes mismos de la cultura celta está la poesía. Para darse una idea de la importancia extrema de la poesía entre los celtas, basta anotar el siguiente dato: la palabra "druida", que define al personaje más importante de esta cultura, del que hablaremos extensamente más adelante, proviene de la palabra galesa "derwydd", que significa "poeta" en su sentido más alto. Entre los antiguos, el poeta ("derwydd" en gales, "fili" en irlandés) era originalmente sacerdote y juez, y su persona era sacrosanta. Hasta los reyes se sometían a la tutela moral del poeta. Cuando dos ejércitos libraban una batalla, los poetas de ambos bandos se retiraban juntos a una colina cercana y allí discutían las alternativas de la lucha. En un poema del siglo VI, el "Gododin", se dice que "los poetas del mundo son los encargados de juzgar a los hombres valientes", y esto llegaba al punto de que los poetas podían detener de pronto una batalla, y los combatientes debían aceptar sus juicios acerca de la lucha.

Pero ser poeta no era, como podemos pensar hoy en día, una decisión personal. En los tiempos modernos, el poeta es quien decide serlo, y luego su mayor o menor talento le abrirán o no un camino en el mundillo literario. Muy distinta era la situación entre los antiguos celtas. El sacrosanto oficio de poeta requería muchos años de un arduo, cansador y casi imposible estudio de cientos de leyes de métrica y oscuros poemas, relatos y textos que debían aprenderse de memoria, y muchos otros requisitos de iniciación que los obligaban a sumergirse en un mundo de símbolos y lenguajes secretos y mágicos con el que deberían lidiar de allí en más por el resto de sus vidas. En cierta forma, podría decirse que hay un cierto parecido con la formación de los cabalistas judíos, quienes también estaban profundamente inmersos en los textos casi indescifrables de la Cabala y compartían un lenguaje incomprensible para cualquier no iniciado.

Estamos hablando de los poetas mayores, los derwydd o fili. Había, por supuesto, poetas populares y cantores ambulantes que se dedicaban a entretener a las cortes. Pero estos últimos no eran tenidos en gran consideración o estima, y se los tomaba como a simples bufones que divertían y ayudaban a pasar un buen rato después de las batallas o en los aburridos intervalos de paz entre las mismas. De todos modos estos bardos ambulantes, llamados "eirchiad", no lo pasaban mal. Si sus canciones y versos resultaban aduladores para el patrón de turno, los bardos se veían colmados de collares de oro y tortas de miel. Poseidonio escribió en el siglo I antes de Cristo acerca de una ocasión en que en la Galia arrojaron toda una bolsa de oro a un cantor ambulante celta. Pero volviendo a los poetas sagrados: en la antigua Irlanda, el Maestro de Poesía (llamado "Olla ve") se sentaba al lado del rey en la mesa y tenía el privilegio de llevar seis colores en sus ropas, algo que sólo la reina podía hacer además de él. Para llegar a pasar de ser un simple bardo a un Ollave, el poeta pasaba por un intenso y agotador período de aprendizaje que duraba 12 años.

Después de pasar por esa larga y dura escuela, el Ollave se instalaba en la corte y era objeto de las mayores honras, aunque su tarea concreta más notoria era trabajar a solas en la depuración de las complejas cuestiones poéticas que había estudiado para poder exponerlas cada vez con mayor exactitud. Todo esto estaba relacionado con un lenguaje que sólo los Ollaves entendían. A un Ollave no le preocupaba en lo más mínimo la opinión que tuviera acerca de su obra poética un Al oír sus tristes palabras y ver caer sus lágrimas, me sentí conmovido y me apiadé de ella, y le dije que dejara de llorar porque yo mataría al gigante o caería muerto en el intento. Mientras hablábamos vimos al gigante acercarse al palacio. Era horrible, y venía con una carga de pieles de ciervo sobre la espalda y un gran garrote de hierro en la mano. Al vernos arrojó su carga a tierra, miró furioso a la princesa, e inmediatamente me desafió a enfrentarlo.

Me lancé a la pelea. Aunque había librado muchas batallas en Erin contra jabalíes y magos e invasores extranjeros, jamás me había costado tanto defender mi vida. Luchamos durante tres días y tres noches, sin comer ni beber ni dormir, ya que ninguno dio descanso ni ventaja al otro. Por fin, al mirar a las dos princesas que lloraban de miedo y agotamiento, y evocando entonces las hazañas guerreras de mi padre, creció de pronto la furia de mi valor, y con una súbita embestida logré derribar al gigante y de inmediato, antes de que pudiera recobrarse, le corté la cabeza. Cuando las doncellas vieron al monstruo muerto tendido en tierra profirieron tres gritos de alegría. Vinieron a mí y me condujeron al interior del palacio, ya que yo me encontraba cubierto de heridas en todo mi cuerpo, y sentía vértigos en el cerebro y una tremenda debilidad física. Pero la hija del rey de la Tierra de la Vida me aplicó un precioso bálsamo y hierbas curativas en mis heridas, y no tardé en estar completamente curado.

Entonces sepulté al gigante en una tumba ancha y profunda y coloqué sobre ésta un túmulo, y sobre el túmulo, una piedra con su nombre grabado. Esa noche descansamos, y al alba siguiente Niam me dijo que era hora de reanudar nuestro viaje. Así que nos despedimos de la princesa liberada, y aunque su corazón estaba pletórico de júbilo por su libertad, lloró al separarse de nosotros. Cuando nuevamente el corcel tocó la orilla del mar volvió a relinchar tres veces. Nos sumergimos en el mar límpido y verde con la rapidéz de un viento de abril sobre la ladera de una colina, y pronto no vimos más que marejada delante de nosotros y marejada a nuestras espaldas. Volvimos a ver maravillas como la dama de la manzana de oro, y volvimos a pasar sobre desconocidas islas y ciudades y palacios blancos.

Cuando el cielo se oscureció y el sol quedó lejos a nuestras espaldas, sobrevino una tempestad y el mar se iluminó con relámpagos. Pero aunque el viento soplaba desde todas partes y las aguas se elevaban y bramaban en torno de nosotros, el corcel blanco proseguía su trayectoria en línea recta con la misma calma y velocidad que antes. Finalmente, la tempestad menguó poco a poco y el sol volvió a brillar. Entonces vi a poca distancia un país verde y lleno de flores, con hermosas y lisas planicies, azules colinas y brillantes lagos y cascadas. No lejos de la costa había un palacio de superior belleza y esplendor. Toda su superficie estaba cubierta de oro y gemas de todos los colores: azules, verdes, rojas y amarillas. —Éste es mi país natal, Tirna n'Óg—, me dijo Niam—. Y encontrarás en él todo lo que te he prometido. Cuando desmontamos en la orilla vimos avanzar hacia nosotros un grupo de guerreros de noble aspecto y brillante indumentaria para darnos la bienvenida. Le seguía una multitud encabezada por el rey, que ostentaba un reluciente vestido de raso amarillo cubierto de piedras preciosas y una corona de oro y diamantes. Luego venía la reina, acompañada de un centenar de bellas y jóvenes doncellas, y al ver todo aquello me pareció que aquel rey y aquella reina superaban en belleza, gracia y majestad a todos los reyes y reinas del mundo. Una vez que besaron a su hija, el rey tomó mi mano y dijo a la multitud:

—Éste es Ossian, hijo de Finn, por quien mi hija Niam viajó a través del mar a Erin. Éste es quien será el marido de la de los cabellos de oro. Te damos cien mil bienvenidas, valiente Ossian. Serás siempre joven en este país. Te esperan toda clase de deleites y placeres y mi hija, la bella Niam, será tu esposa. Le di las gracias al rey e hice una gran reverencia a la reina, tras lo cual entramos en el palacio donde ya estaba preparado un banquete. Las fiestas y el júbilo duraron diez días, y en el undécimo desposé a Niam, la de los cabellos de oro. Viví en Tir na n'Óg por un tiempo que me pareció de apenas tres, años desde que me separara de mis amigos. Por entonces, comencé a sentir un irrefrenable deseo de ver a mi padre Finn y a todos mis viejos camaradas, y le pedí a Niam y al rey que me permitieran visitar Erin. El rey me dio su permiso, y Niam me dijo: —Consiento, pero con inmenso dolor en mi alma, porque me temo que nunca volverás a mí.

Contesté que volvería con toda seguridad y que no debía temer nada, porque el corcel blanco me traería pronto de regreso. Entonces Niam me dijo estas extrañas palabras: —No me negaré a tu pedido, aunque me trae tanto dolor y congoja. Erin ya no es ahora como cuando la dejaste. El gran rey Finn y sus fennianos han desaparecido, y en lugar de ellos encontrarás a un santo padre y a multitudes de sacerdotes. Ahora oye bien lo que te digo y recuerda mis palabras. Si bajas una sola vez del corcel blanco, jamás volverás a mí. Te lo advierto de nuevo: si posas tus pies sobre las verdes hierbas de Erin, jamás volverás a este país. Y por tercera vez te lo digo, oh, Ossian: si bajas del corcel blanco, jamás volverás a verme. Le prometí que recordaría cuidadosamente sus palabras. Al mirar su dulce rostro y observar su pena, mi corazón se sintió agobiado por la tristeza y mis lágrimas fluyeron. Pero aún así, mi corazón me empujaba hacia Erin.

Monté el corcel blanco, que galopó en línea recta hacia el mar. Avanzamos tan velozmente como antes sobre el oleaje; el viento alcanzó las olas y nosotros alcanzamos al viento, de modo que, tras ver otra vez muchas islas y ciudades desconocidas, tocamos tierra finalmente en las verdes costas de Erin. Mientras viajaba por todo el país miré detenidamente todo, pero me costó mucho reconocer los parajes de antes. Todo parecía extrañamente alterado. No vi rastro alguno de Finn y sus huestes, y comencé a temer que las palabras de Niam se convirtieran en realidad. Finalmente, advertí a lo lejos un grupo de hombres y mujeres que me parecieron pequeños, montados sobre pequeños caballos (Nota: Finn y los suyos eran gigantes, y Ossian se enfrentaba por primera vez con gente de tamaño normal). Estas gentes mostraron gran asombro por mi tamaño y aspecto, aunque me saludaron con cortesía. Les pregunté por Finn y los fennianos, y uno de ellos me contestó:

—Hemos oído hablar mucho del héroe Finn, que gobernó a los fennianos de Erin en tiempos pasados y que nunca tuvo rival en valor y sabiduría. Los poetas han escrito mucho acerca de sus hazañas y las de sus huestes. Pero todos ellos han desaparecido hace mucho tiempo, más de 300 años. Al oír esto me sentí lleno de asombro, y mi corazón se llenó de una gran pena. El hombrecito continuó diciendo: —También hemos oído decir, y lo vimos escrito en antiguos textos, que Finn tuvo un hijo llama do Ossian, pero éste se fue con una hermosa virgen a Tir na n'Óg y nunca se volvió a saber de él, aunque su padre y sus amigos lo buscaron por largo tiempo. Silenciosamente aparté mi caballo de aquella gente y me dirigí hacia Alien, por las verdes llanuras de Leinster. Fue un doloroso viaje para mí. Y más sufrí al llegar a Alien, porque allí encontré la colina desierta y solitaria y el castillo de mi padre en ruinas y cubierto de hierba y cizaña.

Me aparté lentamente de Alien, y me di a recorrer el país en busca de amigos, pero sólo me topé con pequeños grupos de gentes pequeñas que me miraron siempre con asombro. Y nadie nunca me reconoció. Visité todos los parajes donde vivieron los fennianos, pero a lo sumo encontré, como en Alien, ruinas solitarias. Finalmente llegué a Glenasmole, y había allí una muchedumbre en el valle, de la cual uno se me acercó apenas me vieron: —Ven, poderoso héroe, y ayúdanos, porque tú has de ser hombre de grandes fuerzas. Fui hacia ellos y me encontré con que trataban en vano de levantar una piedra grande y lisa. Esta estaba semilevantada sobre el suelo, y algunos estaban de bajo de ella sin poder moverla; por el contrario, corrían riesgo de morir aplastados por el peso. Me pareció vergonzoso que tantos hombres no pudieran con esa piedra, cuando de estar vivo Finn la hubiera tomado con una sola mano y la hubiese arrojado con un solo impulso por sobre las cabezas de esa débil muchedumbre.

Me acerqué, tomé la piedra con una mano inclinándome desde mi caballo y la levanté para aliviar a los hombrecitos, pero con mis movimientos la silla de oro se rompió o se deslizó y el echarme hacia adelante para evitar mi caída me vi súbitamente en tierra sobre mis dos pies. Apenas se sintió libre el corcel blanco se estremeció y relinchó. Partiendo con la rapidez de una nube de abril, me dejó allí de pie, desamparado y afligido. Instantáneamente un lamentable cambio se produjo en mí: mi vista comenzó a empañarse, la rubicunda belleza de mi rostro desapareció, perdí todas mis fuerzas y me desplomé en tierra, convertido en este viejo arrugado, ciego, marchito y débil que ahora soy. Jamás volví a ver al corcel blanco. Jamás recuperé mis fuerzas y mi juventud. Y he seguido viviendo así, acongojado por la pérdida de mi Niam de los cabellos de oro, y recordando siempre a mi padre Finn y a los desaparecidos camaradas de mi juventud."

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