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EL LEGADO DE LOS CELTAS

 Las desventuras de Conan en Ceash

Cierto día, cuando Finn y algunos de los suyos estaban dedicados a la caza, un enano druida observó que estaban cansados y los invitó a su cabaña. Por más que desconfiaran de él, les pareció indigno de su fama rehuir cualquier cosa que prometiese una aventura. Lo siguieron a su morada y comieron y bebieron y fueron acomodados luego en sendos lechos. Cada cual durmió en una estancia separada, sobre lechos de brezos con las flores hacia arriba y cubiertos con pieles de lobo. El aposento en que dormía Finn de pronto se iluminó y se acercó al lecho una mujer aún más bella que Aoife o Maev, sentada en una magnífica carroza tirada por caballos pigmeos. Aquella mujer le habló a Finn con voz musical, pidiéndole que se sentara a su lado y fuera con ella a su palacio de la colina. Finn se sintió seducido por tanta belleza, pero tuvo suficiente presencia de ánimo para ponerse el pulgar entre los dientes

(Nota: se trata de un artilugio mágico de los fennianos) y entonces vio que ante él se hallaba un ser viejo y arrugado, sentado sobre un carro de maderos podridos. Entonces Finn se volvió hacia la pared y se quedó inmóvil. A los pocos segundos la luz se transformó en tinieblas y de inmediato el héroe puso entre sus labios la trompeta encantada Dord Fionn y tocó en ella algunas notas que expresaban inminente peligro y recomendaban cautela. Esto fue oído por Fergus, Caeilte, Dirmuicl. Ossian, Luachra y Conan, y pese a verse dominados todos estos caballeros por el hechizo de la belleza femenina, cada uno de ellos volvió el rostro hacia la pared al aparecer la mujer, como hiciera su jefe. Finalmente le tocó el turno de la visita a Conan, el lascivo, el desenfrenado, el astuto, el único de los fennianos que no poseía un alma noble. A la primera invitación del hada saltó a la carroza, y cuando quiso acordarse estaba de cabeza en un profundo pozo donde se oía rumor de aguas turbulentas y sintió la espuma caliente que lo escaldaba hasta los huesos.

Se aferró entonces a un travesaño, profirió un bramido que pudo oírse desde Ceash en Sligo hasta Inisna Gloria, y se vio prontamente rodeado por sus hermanos fennianos. A la escasa luz de la lumbre, éstos lo encontraron montado a horcajadas sobre un gran tenedor atravesado sobre el caldero en el que les cocinaban la cena. Lo liberaron y le dejaron entregado al reposo, no sin exhortarlo a que resistiese las tentaciones. Conan no se había dormido aún cuando la misma visión luminosa volvió a llenar el aposento. Cuando lo hizo, se encontró en medio de un bosque y un animal espantoso, que parecía un gigantesco gato montes, saltó sobre él desde detrás de un árbol, lo clavó contra tierra y metió la cabeza de Conan en su horrible boca. Conan lanzó un bramido con todas las fuerzas que le quedaban y el aposento se llenó muy pronto de caballeros. Éstos lo encontraron tendido sobre la espalda, retorciéndose y gritando, mientras sobre su cabeza estaba sentado un gran gato y éste lamía su grasienta mandíbula y su bigote.

—Malaventurado y molesto Conan —dijo Caeilte—. Si vuelves a molestarnos, te infligiremos el castigo de los cinturonazos. Cuando todo quedó en calma y se sumió en la mayor quietud durante un tiempo, de pronto se oyeron tales gritos como si el Donn Cuailgne y el Donn Finnbeanach (Nota: dos célebres toros rivales de una epopeya celta) se encontraran en combate singular. —¿Qué pasa ahora, maldito hijo del engaño? —exclamó Finn. —¡Oh! ¡Apiádense de mí! —gritó Conan—. Estoy sufriendo los dolores infligidos a la femineidad. Máscate el pulgar, ¡oh, Finn hijo de Cumhaill!, y dame socorro. Así lo hizo Finn, y vio en una lejana celda, más allá de muros y puertas, al enano druida, que se estaba meciendo y cantaba una cancioncilla. Las puertas y las verjas cedieron ante el empuje de los fennianos y éstos no tardaron en rodear al mago y ponerle las jabalinas en la garganta. —Libera a nuestro compañero, o gustarás de las amarguras de la desintegración...

El enano extrajo una redoma de entre sus ropas y la tendió a Finn, que la puso en manos de Ossian indicándole que fuera en socorro de Conan. El resto de los fennianos se quedó vigilando al druida, hasta que oyeron llegar del aposento un estallido de risas. Se dieron prisa en volver y encontraron a Conan sentado y libre de dolores, pero silencioso y triste. La parte superior de su cabeza parecía la luna en su plenitud, mientras que un largo velo de cabellera negra pendía lamentablemente de su borde externo. Los guerreros lanzaron una gran risotada al entrar, pero sus risas se vieron pronto acalladas por su jefe, que les ordenó abandonar de inmediato la morada del mago, llena de siniestros augurios. Pero aún hasta hoy es costumbre decirle al viajero o al buscador de aventuras: "¡Ojalá tengas más suerte que la de Conan en Ceash!"

Finn y Conan Maol en la Casa de la Roca

Cierta vez Finn y sus hombres estaban cazando en las montañas, y en la víspera del 1° de noviembre dieron con un ciervo mágico que aparecía cada siete años en Erin. Soltaron en su persecución a todos los sabuesos, pero el animal logró escapar gracias a su velocidad, y le perdieron el rastro. Cuando los perros regresaron, los fennianos decidieron subir la ladera de una colina para escuchar una balada que alguien había compuesto en elogio de sus hazañas. Pero quince de ellos decidieron quedarse del otro lado de la colina jugando al ajedréz. Entre estos quince estaban Ossian, Osear, Diarmuid, Art Strongblow y Conan Maol. Éstos eran los más grandes campeones de Erin, los mejores hombres que había entre los fennianos. Estaban jugando cuando se les acercó un hombre de gran estatura, un verdadero gigante, vestido con pieles de animales. Saludó a Ossian, que le devolvió el saludo y le preguntó qué deseaba.

—He venido para invitar a Finn McCumhaill y los fennianos a acompañarme y a quedarse conmigo hasta el le de mayo. Les he hecho preparar una cena y luego habrá grandes diversiones. —No vayas en busca de Finn —contestó Conan—. Aquí estamos quince hombres, los mejores fennianos de Erin. Adondequiera que vamos, se dice luego que han estado todos los fennianos. Si te ampañamos, se hablará mejor de tu cena por boca de los poetas del mundo entero que si fuesen contigo Finn y los demás. Conan, que era el más glotón de los fennianos, por procurar menos comensales para la cena estaba poniendo en peligro a los fennianos, pero aún no podían saberlo. —A fe mía que, aunque he venido por los siete batallones de fennianos, me daré por satisfecho de que me acompañen los que están aquí —dijo el desconocido—. Prefiero vuestra compañía a la de todos los hombres de las cuatro partes de Erin. Entonces convidó a cada uno con una manzana. Cuando cada fenniano la hubo probado, Conan dijo: —Que me condenen si alguna vez conocí en la música tanta dulzura como en el sabor de esta manzana. —Tengo siete huertos con manzanas como estas y podréis hartaros de ellas hasta el 1° de mayo —dijo el desconocido—. Si es que podéis seguirme sin quedar rezagados hasta llegar a mi casa.

Y dicho esto emprendió velozmente la marcha por la parte alta de todas las caletas y blancas playas de la costa, rápido como una golondrina al sobre volar una montaña y al franquear los vallecitos y linderos de la llanura. Y así hasta la llegada de la noche. Los quince fennianos lo seguían, hasta que el gigante dijo: —He oído hablar de vuestra velocidad en la carrera y en la marcha, pero no estoy seguro de que seáis tan buenos como dice la gente. Allá enfrente está mi casa: id y preparad fuego, mientras consigo alimento para vosotros. —Difíciles se ponen las cosas si sólo ahora vas a conseguir alimento para nosotros —dijo Ossian. Entraron en la casa y Conan encendió un gran fuego sin humo. Entonces Ossian dijo: —No hay en toda Erin una casa donde yo no haya pasado un día o una noche, de pie o acostado, pero jamás he estado en esta casa e ignoro dónde estamos. Creo que nos hallamos fuera de Erin. Sin embargo, Diarmuid dijo: —Creo conocer esta casa. —¿Qué casa es, entonces? ¿Nos hallamos en Erin o no? —Que alguien vaya a ver si existe a dos pasos de aquí una roca. Si la hay, ya les diré dónde estamos.

Finn y Conan Maol en la Casa de la Roca

Cierta vez Finn y sus hombres estaban cazando en las montañas, y en la víspera del 1° de noviembre dieron con un ciervo mágico que aparecía cada siete años en Erin. Soltaron en su persecución a todos los sabuesos, pero el animal logró escapar gracias a su velocidad, y le perdieron el rastro. Cuando los perros regresaron, los fennianos decidieron subir la ladera de una colina para escuchar una balada que alguien había compuesto en elogio de sus hazañas. Pero quince de ellos decidieron quedarse del otro lado de la colina jugando al ajedrez. Entre estos quince estaban Ossian, Osear, Diarmuid, Art Strongblow y Conan Maol. Éstos eran los más grandes campeones de Erin, los mejores hombres que había entre los fennianos.

Estaban jugando cuando se les acercó un hombre de gran estatura, un verdadero gigante, vestido con pieles de animales. Saludó a Ossian, que le devolvió el saludo y le preguntó qué deseaba. —He venido para invitar a Finn McCumhaill y los fennianos a acompañarme y a quedarse conmigo hasta el 1º de mayo. Les he hecho preparar una cena y luego habrá grandes diversiones. —No vayas en busca de Finn —contestó Conan—. Aquí estamos quince hombres, los mejores fennianos de Erin. Adondequiera que vamos, se dice luego que han estado todos los fennianos. Si te ampañamos, se hablará mejor de tu cena por boca de los poetas del mundo entero que si fuesen contigo Finn y los demás. Conan, que era el más glotón de los fennianos, por procurar menos comensales para la cena estaba poniendo en peligro a los fennianos, pero aún no podían saberlo.

—A fe mía que, aunque he venido por los siete batallones de fennianos, me daré por satisfecho de que me acompañen los que están aquí —dijo el desconocido—. Prefiero vuestra compañía a la de todos los hombres de las cuatro partes de Erin. Entonces convidó a cada uno con una manzana. Cuando cada fenniano la hubo probado, Conan dijo: —Que me condenen si alguna vez conocí en la música tanta dulzura como en el sabor de esta manzana. —Tengo siete huertos con manzanas como estas y podréis hartaros de ellas hasta el 1° de mayo —dijo el desconocido—. Si es que podéis seguirme sin quedar rezagados hasta llegar a mi casa. Y dicho esto emprendió velozmente la marcha por la parte alta de todas las caletas y blancas playas de la costa, rápido como una golondrina al sobre volar una montaña y al franquear los vallecitos y linderos de la llanura. Y así hasta la llegada de la noche. Los quince fennianos lo seguían, hasta que el gigante dijo:

—He oído hablar de vuestra velocidad en la carrera y en la marcha, pero no estoy seguro de que seáis tan buenos como dice la gente. Allá enfrente está mi casa: id y preparad fuego, mientras consigo alimento para vosotros. —Difíciles se ponen las cosas si sólo ahora vas a conseguir alimento para nosotros —dijo Ossian. Entraron en la casa y Conan encendió un gran fuego sin humo. Entonces Ossian dijo: —No hay en toda Erin una casa donde yo no haya pasado un día o una noche, de pie o acostado, pero jamás he estado en esta casa e ignoro dónde estamos. Creo que nos hallamos fuera de Erin. Sin embargo, Diarmuid dijo: —Creo conocer esta casa. —¿Qué casa es, entonces? ¿Nos hallamos en Erin o no? —Que alguien vaya a ver si existe a dos pasos de aquí una roca. Si la hay, ya les diré dónde estamos. Fue Conan quien tomó sus armas, salió, halló la roca y volvió a decírselo a Diarmuid. —Hace un tiempo yo estaba de cacería con Finn en otros parajes. Pusimos en fuga a muchas liebres, zorros, osos grises y ciervos salvajes.

A Finn se le estaba escapando la caza, como le ocurre a menudo. Se detuvo aquí, y sólo yo estaba junto a él; no había ninguna casa aún. No tardó en dormirse, y un tiempo después e impulsado por un sobresalto me dio tal golpe en el pecho con la bota que la boca se me llenó de sangre y la escupí. Me levanté de un golpe y le tiré una piedra golpeándolo de tal forma en ambos pies que le brotó sangre de ellos y también a borbotones por la boca. Finn tomó sus armas al despertar sobresaltado y yo también tomé las mías y procuré defenderme. "Amigo mío", exclamó Finn, "estuve, según creo, muy próximo a matarte durante mi sueño. Estaba soñando con algo que debía ocurrirme. Soñé que en este sitio se construiría una casa y que los fennianos de Erin serían atrapados y heridos en ella por la maldad de un Thuata de Danann." Creo que ésta es la casa con la que soñó Finn, y sería mejor que no nos quedáramos en ella.

Mientras ocurría todo esto, Finn con el resto de sus hombres seguía escuchando la balada compuesta en honor de los fennianos. A poco llegó otro gigante e invitó a Finn y los suyos a que lo acompañarán, diciendo que les daría de comer y beber hasta el 1º de mayo. —Debes ser muy rico para dar de comer y beber a los fennianos todo ese tiempo, cuando todo Erin se queja de que somos una carga. ¿Y quién eres tú que nos invitas? —Dearg Mac Donarta, que siente devoción por todos ustedes. —Si aceptamos la invitación, deberás cargar también con nuestras mujeres e hijos, nuestros sabuesos, nuestros bardos y druidas. —Cargaré con todo. —Ve entonces —dijo Finn—, te seguiré luego. El gigante se marchó, y los fennianos se fueron a su casa, donde a poco vieron entrar a Finn, que se sentó aparte y pidió una vasija para lavarse las manos. Después de hacer esto, Finn se mascó el pulgar y así se enteró de que quince de sus hombres estaban en peligro en una casa cercana. Entonces, sin que se enteraran más que dos de sus hijos, Finn partió. En vió a uno de sus hijos a buscar a los demás fennianos para que lo siguieran, y con el otro se encaminó rápidamente hacia la casa donde estaban los quince, que se alegraron mucho al oír su voz.

En eso regresó el gigante. —Suerte tiene el sitio donde llegas e infortunio el sitio que abandonas —le dijo a Finn—. Esta casa ahora es tuya, pero afuera tengo a trescientos hombres y quisiera disponer de parte de la casa para ellos. —¿Quiénes son? —Trescientos campeones con su jefe. —Hazlos entrar —dijo Finn. Cuando lo hicieron, Finn les dijo que se sentaron enfrente. Los trescientos hombres se sentaron en el otro lado de la casa. El gigante volvió a entrar. —Hay otros trescientos campeones afuera— dijo. —Que entren todos —dijo Finn. Ahora había ya seiscientos desconocidos y sólo diecisiete fennianos, y cada uno de los desconocidos estaba lleno de malignidad para con los fennianos. El gigante entró por tercera vez: —Ahí afuera hay una vieja bruja y trescientas campeonas con ella. —Que entren —dijo Finn Hicieron entrar a las mujeres, cada una con su arco en la mano; ninguna apuntaba nunca su arco contra un hombre sin matarlo. Finn les dijo que se sentaran en el otro lado de la casa con los seiscientos hombres, y así ellas lo hicieron.

—Conan —dijo luego Finn—, te nombro centinela hasta la mañana. —Muy bien —dijo Conan—, y me comprometo a no dejar entrar ni salir a persona alguna fuera de las que tú designes. Conan se sentó, y a poco de estar en la puerta vio acercarse a un campeón de aspecto indecente, sombrío y sucio, con colgante cabello negro a ambos lados del rostro, las cejas muy negras, los ojos muy hundidos, la nariz maloliente. —Déjalo entrar —dijo Finn a Conan—. Siéntate del otro lado de la casa —agregó dirigiéndose al desconocido, que entonces contestó: —Si yo conociera al mejor hombre de este recinto, lo echaría y ocuparía su lugar. —Conan, el que está en la puerta, es el mejor —dijo Finn. El desconocido aferró a Conan de las rodillas, lo arrastró afuera de un tirón, lo arrojó en una charca de agua sucia y ocupó su sitio.

Conan se precipitó de nuevo dentro de la casa y entró en brutal combate con el desconocido. Después de mucho esfuerzo, por fin Conan terminó por partir al desconocido en dos partes con su espada. Entonces fue la vieja bruja quien se abalanzó sobre Conan y ambos rodaron intentando estrangular se mutuamente. Por fin la bruja logró amarrar al fenniano, y lo arrojó a la charca de agua sucia. Entró en la casa y se jactó de su triunfo. Conan le suplicó a Diarmuid que lo liberara de las ataduras de la bruja, pero Finn ordenó que no debía entrometerse. El ver que no lo ayudarían enfureció de tal manera a Conan que una fuerza inverosímil pasó desde su pecho a sus hombros y de allí a sus brazos, y las ataduras mágicas de la bruja se cortaron. Entonces Bran se lanzó a pelear. Ambos perros no se daban cuartel, pero el sabueso negro estaba venciendo nuevamente. Entonces Bran con su terrible hocico logró sacar una herradura de plata que era lo que encantaba al sabueso negro, y una vez hecho esto hundió una de sus patas en el pecho de su enemigo hasta aplastarle el corazón. Cuando el sabueso negro cayó muerto, Conan se abalanzó sobre su dueño y de un solo golpe de espada le separó la cabeza del cuerpo.

Apenas terminado este lance, llegó a la puerta un hombre con un gran cuenco de agua sobre los hombros. —Que se adelante el mejor de ustedes y le lavaré pies y manos —dijo. —Ese hombre de la puerta es el mejor —dijo Finn. Cuando Conan se adelantó disponiéndose a meter ambos pies en el cuenco, Finn le dijo: —Yo diría que pongas allí la parte de tu cuerpo que menos aprecies. Conan dudó un segundo, y luego introdujo en el agua del desconocido el dedo meñique de su pie. Al instante, ese dedo se convirtió en cenizas. —Juro que tu cabeza sufrirá diez veces lo que mi dedo meñique —dijo furioso Conan. Presa de la furia nuevamente, Conan tomó al desconocido que había querido engañarlo y dañarlo, y lo arrojó dentro del agua, convirtiéndose éste en cenizas al instante. En el mismo arranque de furia, se volvió hacia los seiscientos campeones que miraban con mal ánimo y les arrojó el,agua del cuenco. Todo aquel que no logró hacerse a un lado tuvo que ver cómo cada lugar de su cuerpo que el agua tocaba se volvía cenizas.

Entonces muchos campeones salieron de la casa a atacar a Conan, pero éste estaba encendido por la furia guerrera y también estaba junto a él el sabueso Bran, y Diarmuid, que había salido al ver el lance si apenas comenzada la nueva batalla, el grueso de las huestes de los fennianos, guiadas por uno de los hijos de Finn, cayó sobre los campeones del gigante y los derrotó de tal forma que ni uno solo quedó con vida. Esta hazaña de Finn y los suyos fue tan comentada como lo fue la reprimenda que el jefe dio a Conan, por cuya gula se habían visto atrapados en semejante peligro. Conan reclamó para sí un castigo, pero Finn le dijo que con todas las actitudes valerosas que había tenido a lo largo de esa noche en que fue centinela de la casa maldita ya había pagado de sobra su falta. mirar o ver

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