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EL LEGADO DE LOS CELTAS

La Lección de tus Sentidos

La sabiduría de los celtas es muy física, muy enraizada en el cuerpo y los sentidos, porque, como ya vimos, ellos consideraban a la sensualidad como una fuerza espiritual, así como el alma tenía amplia relación con conductas físicas. La fórmula "cuerpo = lo material / alma - lo inmaterial" no es interesante desde el punto de vista celta. Lo material y lo inmaterial participan lo uno de lo otro en esa fascinante ambivalencia en que a los celtas les gustaba moverse, en ese misterio en el que se sentían tan cómodos. Desde este punto de vista, nuestros sentidos son tan espirituales como físicos, y por lo tanto podemos educarlos y a la vez aprender de ellos. Porque a través de los sentidos es como se reubican las perspectivas que permanecían difusas y nebulosas a causa de la vida equivocada que la mayoría de las personas sohombre común (así fuera un rey). Sólo daba valor al juicio de otro OÍ lave, y estos personajes solían encontrarse y trenzarse en complicadas y abstractas discusiones acerca del tema poético, que sólo ellos dominaban.

Más allá de las cuestiones concretas acerca de esta extraña y simbólica poesía de los derwydd, resulta maravilloso pensar en un pueblo que otorgaba a la poesía tan alto sitial, llegando a definir batallas a partir de lo que dijeran los poetas. Aquí encontramos la primera gran verdad universal que nos han legado los celtas: el ver la vida con los ojos de la poesía. El sentido poético de la vida, que es el que mejor puede guiarnos aun en medio de las batallas que hoy en día los hombres debemos librar día tras día.

La Magia

Los "derwydd", más tarde conocidos como los druidas, eran esencialmente magos. Porque la poesía misma era mágica. Ya hemos mencionado la importancia social y política de los poetas en los tiempos de la expansión celta. Por entonces, si alguien cometía una indignidad que ofendiera a un derwydd, éste componía una sátira poética contra esa persona, que al ser leída sacaba ronchas negras en el rostro del agresor y convertía sus entrañas en agua, y acababa por hundirlo en la locura. También se dice que la conocida capacidad bélica de los celtas reposaba en la magia druídica, puesto que los druidas podían convertir a los árboles en guerreros, que eran guiados por las Flores Hadas (esta flor se identifica con la vellorita).

Esta relación estrecha entre magia y poesía constituye el nervio mismo de la filosofía celta. La vida es terreno poético y mágico, pero en un sentido absolutamente práctico, que los druidas aplicaban a cuestiones tan importantes como la política y la guerra, que por aquellas épocas eran el centro de los intereses del pueblo. Esta idea tomada como una "actitud de vida" (no en su sentido práctico, claro, porque en nuestros días las batallas no son bélicas sino diarias y no se desarrollan en el campo de batalla si no en el campo social y cotidiano) puede constituirse también en el nervio cotidiano que nos ayude a enfrentar los males espirituales contemporáneos: la falta de armonía, la desazón, el individualismo, la soledad del hombre de las grandes ciudades. En otros capítulos volveremos sobre este tema fundamental.

El Lenguaje

Toda la filosofía de los druidas celtas se basa en el lenguaje, en ese lenguaje rico, profundo y de inagotables matices con que construyeron su visión poética del mundo y del hombre. Un elemento central de la sabiduría celta es lo que se conoce como el Alfabeto de los Árboles, el antiguo alfabeto irlandés que también se denomina Beth-Luis-Nion (por el nombre de sus tres primeras "letras"). La primera referencia escrita a este alfabeto se encuentra en "Ogygia", de Roderick O'FIaherty, autor que presenta el Beth-Luys-Nion como una tradición de los druidas que hasta entonces se había trasmitido en forma oral y casi secreta durante siglos. Se trata de un alfabeto utilizado principalmente para fines de adivinación, y está formado por 5 vocales y 13 consonantes. Cada una de las letras corresponde a un árbol determinado. El árbol es un elemento fundamental en la concepción filosófica de los druidas, quienes además se caracterizaron por vivir en los bosques, lugar de sus reuniones mágicas secretas. A través de los sentidos físicos podemos reaprender el sabio equilibrio filosófico que debemos mantener con el mundo. Dejemos que nuestros sentidos físicos sean nuestros maestros espirituales.

El Cansancio de la Indiferencia

No gastes tus ojos en miradas indiferentes. La indiferencia, que es el gran cáncer social de nuestra época, te lleva a la inercia del alma, y un alma inerte es un alma esclava. Todo lo contrario a la libertad que estamos buscando. Pero además, y fundamentalmente, la indiferencia te consume una enorme cantidad de energía. ¿Pensabas que era al revés? Sí, la mayoría de la gente cree que la indiferencia tiene al menos una cierta "virtud", por llamarla de alguna manera, que sería la de alejarte de lo que sucede a tu alrededor, y de este modo impedir que eso te afecte. La idea general es que siendo indiferente quizá te pierdas algunas cosas pero por lo menos no se cansará tu espíritu de someterse a las alternativas siempre cambiantes de la vida.

Como tantas otras "ideas generales", es completa y diametralmente equivocada. La indiferencia no te protege, sino que te consume la energía como un vampiro de tu alma. Por empezar, aunque puedas no registrarlo de manera consciente, la indiferencia te exige un enorme esfuerzo para lograr "no ver". ¿Puedes comprender, imaginar esto? "No ver": es una tarea casi imposible, aunque la efectúes de manera inconsciente. Debes cerrar mucho el alma para no ver, para que lo que sucede todo el tiempo a tu alrededor no te llegue, para poder permanecer indiferente. Puedes creer que eres indiferente a lo que pasa, pero las cosas igual suceden: éste es el nudo de la cuestión. Para desconocer las cosas que pasan, la energía mental que desperdicias es muchísima. Así que si hasta ahora tenías una mirada indiferente para algunos o muchos aspectos de la vida, ejercítate seriamente en cambiarla. Usa tus ojos para ver: no sólo los hechos físicos, sino también los del alma. Al ver recuperarás las energías que la indiferencia te vampiriza. En realidad, poner tu mirada sobre cosas hacia las cuales eras indiferente te alimenta de una manera maravillosa y donde había energía desperdiciada tendrás en cambio una nueva fuente energética. Deja que tus ojos permanezcan abiertos por que por allí entrará la energía a tu alma.

La Codicia y el Verdadero Deseo

Si tienes una mirada codiciosa hacia la vida, corres el riesgo de perder todo lo que deseas. Aquí también es necesario ajustar la mirada para enfocar bien. Muchas religiones y sistemas filosóficos hablan de luchar contra el deseo y convertirse en una persona desapegada; en la mayoría de los casos, hemos visto que estas ideas son mal entendidas. El Buddha, para dar el ejemplo más representativo, jamás dijo que no había que desear. Hay que superar el de seo, el mecanismo que hace que dependas de tu deseo y no puedas hallar equilibrio porque siempre estás tironeado por el deseo, pero eso no implica que dejes de tener deseos, lo cual por un lado es imposible y por otro lado es aburrido y estúpido. Mientras el deseo no sea el que te marque el camino, puedes desear con toda tranquilidad que Buddha no se enojará contigo.

De hecho, sin el deseo la vida no tiene motor ni impulso que la mueva. Pero algo bien distinto es la codicia. No estamos planteando una simple diferencia de palabras, sino dos conceptos bien definidos: mientras el deseo es el motor de la vida, la codicia (o el deseo en el sentido contra el que hablaba Buddha) es el freno, lo que finalmente te conduce a la prisión, lo que termina por alejarte para siempre de la libertad de tu alma. La codicia es una visión patética de las cosas, puesto que siempre está acosada por el futuro: lo que codicias no está en el presente sino más adelante, y si en algún momento llega, siempre es tarde. Tú lo codicias ahora y ahora no puedes tenerlo (porque en ese caso no lo codiciarías). La codicia es, por definición, la frustración misma.

Sin embargo, es no sólo la acitud más común hoy en día, sino la que con toda naturalidad nos enseñan desde los medios masivos de comunicación. Tener, tener y tener. Llegamos a un punto en que en realidad una persona ya ni siquiera desea realmente lo que codicia; sólo anhela tenerlo porque aparece en la televisión y todo el mundo parece actuar como si sin tener eso no se pudiera existir. Si tal cosa existe debo tenerla, y ni me pregunto si realmente la quiero. No importa lo que quiero, importa lo que hay para codiciar y tratar de tener. Ya ni siquiera deseamos lo que codiciamos: ¿hay algo más estúpido y patético? Nada puede estancarte y sepultarte más que la frustración permanente a que te conduce la codicia, ese deseo mal enfocado que se basa en la sensación de carencia, de no tener. Por eso, es urgente activar todos los sensores de nuestra mente para mirarnos con profundidad hacia adentro. Debes ser libre, y la codicia, como cualquier forma de estupidez, es enemiga de tu libertad. El deseo, en cambio, es tu motor. No está "bien" o "mal" desear una mujer bella o un Rolls Royce o la paz del alma. Lo importante es que sea simplemente un deseo sincero y personal, un motor que te impulse a intentar volar más alto en tu vida en pos de ese deseo o de cual quiera que surja en el camino. Pero lo importante siempre es el viaje en pos del deseo, y no la ansiedad de al canzarlo, porque debes saber que lo fundamental del deseo es que si lo alcanzas lo pierdes. La energía para tu viaje vital saldrá de ese juego de perpetuo renacimiento. Deseas para ponerte en marcha, en lugar de codiciar para terminar estancado. Enfoca tu visión en las fuentes de energía, y no en lo que las agota.

Acostumbrándose a lo Ambiguo

La idea celta de que todo el universo está formado por la relación armónica entre infinitos "amigos del alma" y que no hay "opuestos", sino que cada cosa es deliciosamente ambivalente en sí misma, hace pensar inmediatamente en algo: la mirada del juez no tiene el menor sentido. Si cada cosa es una ambigüedad misteriosa, ¿qué mira el ojo que quiere juzgar eso que mira? El ojo que juzga sólo ve un aspecto de lo que mira, y a eso lo considera la "verdad". Si, por ejemplo, el paso del tiempo hace que ya no vea ese aspecto de lo que juzgó y ahora vea otro, ¿qué es lo que sucedió allí ¿Cambió "la verdad"? ¿El ojo se equivocó ambas veces? ¿Qué pasó? Ni se equivocó en ambas miradas, ni acertó las dos veces. El error fue mirar con ojo de juez, por que al juzgar es inevitable dejar de lado la ambigüedad (hay que "ser objetivo"), y por lo tanto nunca veremos claro lo que pretendemos juzgar.

La dificultad para comprender y, más aún, para poner en práctica una visión que prescinda del juzgar consiste en que no nos han acostumbrado a lo ambiguo, y no nos sentimos cómodos si no podemos rápidamente identificar con un juicio lo que vemos. Pero sólo se trata de eso: una cuestión de incomodidad. Así como si revuelves el azúcar de tu café con la mano derecha te resultará incómodo acostumbrarte a hacerlo con la izquierda, pero terminarás por acomodarte y lograrlo sin dificultad, también puedes acostumbrarte a la idea de que lo ambiguo no es algo intranquilizador si no todo lo contrario: lo ambiguo, la pluralidad de posibilidades de una misma cosa, es algo enriquecedor en el sentido más material del término: lo que crees una cosa determinada puede tener muchos más aspectos. Y nadie puede sentir temor de enriquecerse, ¿o sí?

Sólo si aprendes a quitarte de encima esa tonta manía de juzgar lo todo que nos han metido en la cabeza desde siempre, podrás abrirte a las posibilida desde un mundo en el cual cada cosa tiene muchos aspectos que conviven en armonía, sin que por eso todo sea un caos. Empieza por mirarte a ti mismo: ¿acaso eres "una sola cosa"? ¿No eres tímido y osado según las circunstancias, sensible y también duro a veces, buena persona pero con actitudes que te avergüenzan a menudo, aburrido y divertido, voluntarioso y por momentos algo abandonado? ¿No eres todas esas cosas a la vez, y muchas más, que se combinan en ti de manera siempre nueva según las circunstancias cotidianas? Sí, así es: eres un ser ambiguo. Puedes tener alguna característica más marcada que otra, pero ningún rasgo de tu carácter por separado puede definirte en tu totalidad. Entonces, si tú mismo eres de lo más ambiguo, ¿por qué vas a temer que todo el universo lo sea? Al contrario: disfruta de que las cosas tengan muchas más posibilidades de las que imaginas, en vez de acotarlas con la mirada parcial del juez que todo lo juzga.

La Mirada del Amor

¿Cuál es la mirada más abarcadura de la realidad? No hay dudas: La mirada desde el amor. Para el ojo que mira con amor todo es real. Atrás quedan las dudas y los miedos (en el sentido de vivencias paralizantes, porque tampoco está mal sentir dudas o miedo si son motores de nuevas aventuras). Lo que no puedes ver con ojos de amor, no lo verás nunca. No hay luz que ilumine tu camino excepto ésa. La luz del amor es la que ilumina la luz del mundo. La luz gracias a la cual vemos la luz. En nuestra cultura contemporánea arrastramos la carga de muchas ideas pesadas. Quizá la peor de ellas sea la de que el amor es un compromiso, una atadura. Qué equivocada está nuestra cultura... El amor es el primer e imprescindible paso hacia la libertad absoluta de tu espíritu. No confundas esto con el hecho de que tú, como persona libre, puedes por tu propia voluntad y deseo comprometerte con otra persona. No es el amor lo que te compromete, es tu decisión personal. El amor es lo que te otorgó una libertad tan completa y absoluta que hasta puedes atarte a otra persona. ¿Puede existir libertad mayor? Y si lo que realmente quieres es ser libre de verdad, entonces no te queda mucho para elegir: plántate en la vida desde la mirada del amor, y tendrás gran parte del camino allanado.

Formas de Ver

Hemos hablado de algunas maneras de mirar. No importa para nada qué es lo que miramos. Lo importante, si hemos comprendido el mensaje, es cómo miramos. Podemos elegir cómo mirar. Tenemos la indiferencia o la imaginación, la mirada del juez o la que acepta la ambigüedad esencial del universo, la mirada codiciosa, la mirada desde los ojos del amor... Podemos elegir cómo mirar. Y si estamos atentos al reflejo de nuestra mirada en el alma, seguramente sabemos elegir cómo mirar.

El Rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda

Los relatos de la Corte del Rey Arturo han sido, y seguirán siendo, motivo de infinidad de recreaciones en libros, películas y toda clase de medios, y de ahí que la mayoría de la gente esté familiarizada con la fantástica gama de personajes de esa saga: el propio rey, el inefable mago Merlín (un druida, como ya vimos), la reina Ginebra, Fata Morgana, Lancelot... La primera noticia escrita acerca de este fabuloso personaje se la debemos a un clérigo, Godofredo de Monmouth, nacido en 1084 y muerto en 1155. Fue obispo de la abadía de Saint Asaph de Gales, y allí fue donde escribió su "Historia Regum Britanniae" (Historia de los Reyes de Britania), más o menos entre los años 1135 y 1139 (al menos dentro del período en que Monmouth dio clases en la Universidad de Oxford, esto es entre 1129 y 1151). Es en esta obra en la que por primera vez queda retratado por escrito el rey Arturo y toda su corte de Camelot.

Nace un Mito

La historia de Arturo relatada por Monmouth comienza aproximadamente a principios del siglo V, cuando Britania, recién liberada del poder del Imperio Romano, cae en manos de un rey sin escrúpulos, llamado Vortigern. Éste hizo un pacto con sus dos hermanos sajones, Hengist y Horsa. Mediante el siniestro arreglo, se autorizaba a todos los soldados sajones a establecerse en Britania con el rango de "tropas auxiliares", con el fin concreto de utilizarlos para defenderse de otro pueblo que entonces constituía una amenaza: los pictos. La nefasta jugada terminó volviéndose en contra del rey, porque los sajones lo traicionaron y acabaron por apoderarse de Britania, y Vortigern tuvo que escapar a Gales. Allí conoció a un joven vidente y mago llamado Myrddin o Merlín. Éste le efectuó un augurio bastante oscuro: predijo que Vortigern sería asesinado y sólo entonces vendría un príncipe que liberaría Britania.

Esta profecía comienza a ponerse en marcha con la intervención de un guerrero bien conocido por Merlín: Uther Pendragon ("Gran Caudillo"), quien logra una primera victoria parcial contra los sajones y asciende al trono británico. Pero no sería él el definitivo libertador de la Britania, sino el hijo que estaba por concebir. En una cena de Pascuas efectuada en Londres, Uther se enamoró perdidamente de la esposa del duque de Gorlois, la bella Igerna. Uther finalmente pudo obtener los favores de la mujer gracias a las artes mágicas de Merlin, quien lo convirtió en un doble exacto del duque para que Uther pudiera penetrar por la noche en los aposentos de la esposa y poseerla a voluntad. Durante una noche de amor pasional en el castillo de Tintagel, la mujer queda embarazada de quien sería con el tiempo Arturo, salvador de Britania.

Camelot y la Tabla Redonda

El acceso al trono de Arturo también tuvo mucho que ver con la magia de Merlin, el druida que estaba detrás de todo lo que sucedía en esa corte gloriosa. Todos recordarán el episodio de "La espada en la piedra": con artes mágicas, Merlin implantó profundamente la espada Excalibur en una roca, y se dijo que sólo el verdadero rey de Britania podría arrancar la de allí, lo cual hizo Arturo con toda facilidad. Así comenzó la fama del castillo de Camelot, que a pesar de lo que habitualmente se cree no era la sede del trono de Britania, sino sólo el cuartel general de los caballeros de Arturo. La famosísima "mesa redonda", al parecer, es un invento posterior, y recién aparece en la traducción al francés de la obra de Monmouth hecha por Wace hacia el año 1155. En esta versión, se cuenta que la Tabla Redonda había sido hecha por (una vez más) Merlín, a pedido de Leodegan, rey belga y padre de Ginebra, y éste se la regaló a Arturo cuando el britano se casó con su hija.

Entre los Caballeros, uno

Si bien las características de la Orden de Caballería regenteada por el rey Arturo no difiere en nada de lo que se acostumbraba en la época, la idea de la Tabla Redonda es bastante novedosa para una organización como aquella, puesto que, al no tener una cabecera definida, una mesa redonda iguala en rango a todos los que se sientan a ella. Debe recordarse que el rango se inicia a partir de la cabecera, en donde iba el personaje principal; a partir de él, la cercanía al mismo hablaba de categorías. En la Tabla Redonda, todos los caballeros permanecen a igual distancia del centro. También se ha visto la Tabla Redonda como un símbolo del mismísimo universo. Como sea, a esa Tabla Redonda llegó un día el más famoso de los caballeros, sir Lancelot, maravillosamente retratado en la novela medieval de Chrétien de Troyes. Con Lancelot, se desata fatalmente el pasional final de esta leyenda maravillosa.

El Triángulo Fatal

Si bien los lances de amor son en la corte del rey Arturo casi tan habituales como los lances guerreros, hay una historia que se convirtió en una verdadera tragedia pasional que llegaría al punto de provocar la caída de la gloria de Camelot. Se trata del triángulo amoroso entre Ginebra, Arturo y Lancelot. En la película norteamericana Camelot, el rol de Arturo fue interpretado por Richard Harris. Este actor, hablando acerca de su personaje, dio una muy interesante visión de aquel conflicto. Decía Harris que Arturo es el único esposo traicionado en la historia de la literatura al cual la infidelidad de su esposa no le causa desmedro alguno en su imagen de hombre. Y aventura el actor que esto quizá se deba a que entre los celtas las reinas eran tan libres e independientes como el propio rey, y así como podían comandar ejércitos y luchar al igual que el rey, también las reinas podían tener amantes.

A esta observación basada en la idiosincrasia celta se suma que Ginebra probablemente tuviera un origen o al menos ascendencia que trascendía lo humano, y que es posible que tuviera especial relación con una diosa; de hecho, el nombre Ginebra (Guinevere) proviene del gales "Gwenhwyfar", que significa "Hada Blanca". Como sea, el final tremendo de esta tragedia de amor está brillante y poéticamente expresado en otra novela medieval, La mort cl'Arthur, donde se relatan los últimos tiempos del fabuloso rey.

La Muerte de Arturo

Arturo tenía un hijo nacido del incesto, ya que además era su sobrino: Mordred. Este personaje, al ver que los problemas pasionales del matrimonio real eran una buena oportunidad para conspirar, pensó en hacerse con el trono de su padre-tío. Encontró la oportunidad cuando sir Lancelot marchó a Francia a raíz del terrible triángulo amoroso que protagonizaba con su rey y su reina, y Arturo se lanzó tras él para intentar hacerlo entrar en razones. Aprovechando la ausencia del rey y del más famoso de sus campeones, Mordred, que había quedado a cargo del trono, proclamó que el rey había muerto y se coronó a sí mismo como nuevo rey de Britania. Pero por fin Arturo regresó y a la cabeza de sus leales caballeros enfrentó a su hijo-sobrino en la batalla de Camlann. Esta sangrienta pelea terminó cuando Arturo y Mordred se enfrentaron en combate cuerpo a cuerpo. Arturo mató al traidor Mordred, pero antes de caer éste logró herir de muerte al mítico rey. Tras la batalla, herido de muerte, Arturo vio aproximarse a la costa una barca conducida por el hada Morgana, que venía a buscarlo para llevarlo a la isla de Avalon, en la que el rey, según escribiera Monmouth, "descansará hasta que sea el momento de recobrar su Excalibur y su reinado...".

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