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EL LEGADO DE LOS CELTAS

El Signo del Amor

El otro gran milagro es, por supuesto, el amor. Y también el segundo gran misterio. Ésta es la verdadera razón de que el amor traiga tantos problemas en las personas: En una cultura prisionera de las definiciones rígidas y "exactas", el misterio es motivo de conflicto, el misterio enoja y exaspera. Sólo un ser tan complejo como el hombre puede haber sido dotado de tal maravilla: el poder de vivir el amor, y convertirlo en una fuente de conflicto permanente. Todo en el amor es conflicto, todo es motivo de conversación y discusión. Todo es, en nuestra triste época, aburrido y sin sabor. ¡Pensar que las personas hablan durante horas acerca de su relación amorosa con otra persona, el porqué de ese amor, los motivos racionales de esa unión! Suena ridículo, francamente ridículo. El amor no se habla. De hecho, cuando tienes que hablar acerca del amor es porque no estás hablando de amor. Lo que pasa es que mientras no aprendas a aceptar el misterio y convivir gozosamente con él, te verás reducido a un simple ejecutor de actos sexuales y esporádicos gestos de ternura saboteados constantemente por un diálogo ininterrumpido.

Las parejas deben dialogar, por cierto. Pero, ¿quién te dijo que dialogar es cambiar frases e ideas mediante la expresión oral? En el amor hay infinitas maneras de dialogar, ¿por qué las personas siempre eligen la peor de todas, la palabra? Porque, eso tenlo por seguro, no hay nada peor que la palabra para meterse con un misterio. El amor no puede ser jamás un conflicto en el sentido actual de ese término. Sí una guerra, una dulce guerra, pero nunca una aburrida discusión de puntos de vista. ¡Si hasta se habla de sexo puro y sexo impuro! ¿O no es así? ¿Cuántas veces habrás oído esa clase de discusión moral? Ahora bien: en un universo donde cada cosa se amiga de su complemento porque en realidad no hay división sino diferentes aspectos de una misma cosa, ambigüedad y misterio, ¿cómo podemos distinguir entre el sexo puro y uno que supuestamente no lo es? En la antigua Irlanda, los celtas celebraban el amor y el sexo como una sola cosa, inseparable, quizá como la más perfecta de las amistades. El amor y el sexo son, para los celtas, el mejor ejemplo de Anam /Eara. El signo del amor es la trascendencia de lo humano. Sólo a través del amor alcanzas a vislumbrar la vida sino con noble valentía. El territorio a defender es el espíritu. La patria que estamos construyendo se llama armonía humana.

Es cierto que los primitivos celtas estaban agrupados en clanes que tenían características turbulentas y belicosas. Pero, haciendo abstracción de la época brutal en que vivieron, debemos rescatar sus características profundas y nobles. Eran guerreros celosos de su independencia, al punto de llegar a ser antagónicos incluso con otros clanes celtas. Este sentido de la independencia como un valor fundamental e imprescindible podría hablar de un individualismo egoísta, pero no es así porque en la filosofía celta esta idea se complementa con otra también fundamental y además inseparable: el concepto de la amistad. Los celtas aspiraban a combinar el sentido de la independencia individual y social como un valor supremo e innegociable con una permanente inclinación a la celebración de la hermandad con los semejantes. Eran algo así como individualistas sin egoísmo, capaces de compartirlo todo con su "Anam Azara", que significa "amigo del alma".

He aquí otro aporte maravilloso que nos legaron los celtas. En el mundo contemporáneo se ve en general individualismo a ultranza, egoísta y finalmente autodestructivo; la respuesta a eso generalmen te fue un comunitarismo tendiente a un utópico bien común, pero en el cual la persona sacrifica mucho de su individualidad en pos de una armonía global (como en general predicaron siempre los movimientos pacifistas, el hippismo, y demás) que casi nunca se convierte en algo concreto. Los celtas nos enseñan que hay una tercera vía, y que el individualismo no se contradice con lo fraternal. Es más: La única manera de poder compartir es cuando tu independencia individual es absoluta.

la Filosofía de los Celtas, hoy

Ya hemos adelantado algunas de las claves que hacen que la antigua sabiduría de los celtas pueda adecuarse a muchas de las necesidades espirituales de cualquier persona de estos días. Ahora empezaremos a profundizar sobre estos aspectos de lo que hemos denominado el "legado filosófico celta". Una filosofía sin escuela, por supuesto que no existe hoy en día algo así como una "escuela filosófica celta". Esta filosofía no es como, digamos, el yoga o el budismo; no tiene una metodología ni una serie de principios, tampoco técnicas de meditación ni postulados ordenados en preceptos. Nada que se parezca a una escuela. De hecho, los druidas no escribieron ni permitían, en sus tiempos de cola del misterio supremo, que siempre se escapa entre medio del bosque de la vida, pero que te mantiene en acción porque sabes que ahí está...

Amor Abierto

Ya hablamos en otras partes del libro acerca del amor, empezando por el amor a ti mismo, sin el cual no puedes siquiera soñar con saber amar a otro. Para ciertas ideologías bastante hipócritas, esto suena muy parecido al egoísmo, y se supone que el egoísmo es algo malo. Lo es en el sentido en que se lo practica en la sociedad contemporánea. Pero, retomando la herencia de la sabiduría celta, podemos ver que sólo puede haber interrelación social entre individuos de marcada independencia interior, de feroz libertad espiritual. Cuanto más independiente te sientas en cuanto a tus posibilidades de elección en lo espiritual, más fácil se te hará la relación con tu entorno.

Casi cualquier persona conoce aquel mandamiento cristiano que dice "Ama a tu prójimo como a ti mismo". ¿Es necesario analizar muy profundamente esa frase? Está claro que no habla de egoísmo, pero sin embargo también es claro que implica que cuanto más te ames a ti mismo, más amarás al prójimo. No dice "ama al prójimo el doble o el triple o cien veces más", sino "como a ti mismo". En igual medida. Y como es fácil suponer que el mensaje apunta a que exista mucho amor, está claro que debes amarte a ti mismo sin reparos y con generosidad. Con generosidad de amante. A partir de esto, entonces, apunta tranquilamente la mirada de tu amor hacia el entorno, y baña lo por completo de ese sentimiento misterioso y sublime.

El Tercer Misterio

El tercer gran misterio, por supuesto, es la muerte. Ese tremendo fantasma que en la sociedad occidental significa horror, dolor, terror, soledad e infinidad de porquerías más. Porque no hemos recibido en nuestra educación la posibilidad de conocer la idea de la muerte que tuvieron otras culturas, para las cuales el asunto es distinto, y a veces radicalmente opuesto. No es tema de este libro desarrollar algunas concepciones muy interesantes de la muerte, como lo serían la hinduista o la de los indios de Nueva Zelandia, pero sí nos compete recordar la tradición que nos convoca: la de los celtas.

Para la filosofía celta, el miedo a la muerte es la lógica consecuencia de no respetar con ella un principio básico: hacer amistad. Sí, la muerte también debe ser vista como un Anam /Eara. ¿Por qué no hacer amistad con ella? Odiarla no nos hace trascenderla, negarla no nos explica su misterio supremo. La muerte está ahí, y ahí seguirá. No sueñes, amigo o amiga, porque ni las más desaforadas fantasías científicas hechas realidad te salvarán de la muerte. Ella es la realidad última del uni verso, y el misterio por excelencia. ¿Qué ganas haciendo amistad con la muerte? Liberarte del miedo. Del miedo abstracto, decimos. Si en medio de una aventura en la selva debes salvar a dos bebés de los cocodrilos y temes morir antes de llegar a ellos, bienvenido ese miedo porque es algo vital. Pero un miedo abstracto por algo que ni Dios ha querido evitar, ¿qué sentido tiene? De todos modos, la muerte no puede tocar la eternidad de tu alma, así que... empieza a mirarla amistosamente, y perderás ese miedo que tanto y tan inútilmente te mortifica.

Mitos Celtas V

El aporte del País de Gales

La gran mayoría de la cultura celta proviene de la rama que podría llamarse "irlandesa". Pero también hay un aporte importante en las tradiciones provenientes de otro grupo lingüístico importante, el del País de Gales. De la poesía y la epopeya celta en lengua galesa, el legado más representativo lo constituye una serie de cuentos, once en total, de autor anónimo, redactados alrededor de los siglos XI, XII y XIII, que se conocen bajo el título común de "Mabynnogyon". En estos relatos se desarrollan aspectos fundamentales de la mitología celta, centrándose en la vida y los hechos de muchos personajes míticos como Pryderi, el hijo de Pwyll, Señor de los Abismos Infernales, o Bramn, hijo de Llyr, quien para salvar a su hermana Branwen y recuperar el Caldero de la Resurrección se dirigió a Irlanda con todo su ejército y su frió una gran derrota. En dos relatos de los "Mabynnogyom", "Kulhwch y Olwen" y "El sueño de Rhonabwy", aparece por primera vez la figura del rey Arturo, rodeado de sus más insignes guerreros, y otros tres relatos son protagonizados por tres de los más famosos caballeros de Arturo: Owein (que es Yvain), Peredur (Perceval) y Gereint (que es Erec).

También se encuentra en este ciclo de relatos la bellísima historia del rey de Roma, Maxen, que en sus sueños recorre innumerables parajes hasta encontrar a una doncella que habita en un castillo del País de Gales, y la historia de Lludd, quien siguiendo los consejos de su hermano Llevelys logra aniquilar las tres misteriosas plagas que se habían abatido sobre su país. Los "Mabynnogyon" constituyen una de las mejores obras en prosa de la literatura céltica medieval. Fueron conocidos y estudiados desde el siglo XIX en Inglaterra y Francia. Además de su indudable riqueza y calidad literaria, estos relatos poseen un altísimo interés como documento histórico, ya que se suman a las pocas fuentes que nos informan sobre aquella parte de la sociedad celta instalada en los límites occidentales de Europa, concretamente en el País de Gales.

Esta región, a pesar de haber mantenido estrechos contactos con la Francia del norte desde mediados del siglo XI, permaneció en cierta forma reclutada en su tradición. Junto con Irlanda y la Península de Armórica, el País de Gales poseyó una fuerte unidad y homogeneidad cultural, y si bien de alguna manera siguió el ritmo de evolución del resto de las socieda des medievales de la Europa occidental, hay que señalar que estas tres regiones constituyeron el último reducto de la civilización celta. A continuación resumiremos algunos de los maravillosos relatos contenidos en los "Mabynnogyon"; la redacción original de los mismos es deliciosamente poética y plena de lances mágicos, pero su extensión no permitiría incluirlos completos; en estos resúmenes, se encontrara lo esencial de cada historia. .

Kulhwch y Olwen

Kilyd, hijo de Kelydon Wledig, se casó con Goleudydd, hija de Anllawd Wledig, y de ellos nació un hijo llamado Kulhwch. Poco tiempo después, Go leudydd murió y Kilyd se volvió a casar con la mujer del rey de Doged, que tenía una hija. Éste pretendía que su hija se casara con Kulhwch, y ante la negación de éste, lo maldijo y juró que sólo tendría por mujer a Olwen, la hija de Yspadadden Penkawr, en caso de que alguien pudiera encontrar a esa doncella. Kilyd aconsejó a Kulhwch que fuera a ver al rey Arturo, su primo hermano, y le pidiera ayuda. Así lo hizo Kulhwch y cuando llegó a la corte de Arturo le rogó delante de todos los caballeros que consiguiese a Olwen para él.

Durante un año los mensajeros de Arturo es tuvieron buscando a la doncella, pero no la hallaron. Entonces Arturo organizó una compañía formada por sus mejores hombres para que salieran en búsqueda de la doncella. Estos caballeros eran: Kei, Bedwyr, Kynddelic el Guía, Gwrhyr Gwalstawt Ieithoedd, Gwalchmei, Menw y el propio Kulhwch. Estos siete hombres se pusieron en marcha y llegaron hasta una vasta llanura, donde divisaron un castillo. En la cima de la colina se encontraba un pastor, que les indicó que estaban ante el castillo de Yspadadden Penkawr y los acompañó a su casa.
La mujer del pastor era tía de Kulhwch y hermana de Yspadadden. Todos sus hijos habían sido aniquilados por Yspadadden a excepción de uno solo: Goreu, que guardaba en un cofre. La mujer les rogó que cejaran en su empresa, porque no saldrían con vida del castillo. Ellos le pidieron que mandara venir a su casa a Olwen, y-ella se los concedió.

Olwen le dijo a Kulhwch que sólo la podría conseguir aceptando todas las condiciones que su padre le impusiera y prometiéndole lograr todo lo que pidiese por difícil que pareciera. Acudieron todos a la corte de Yspadadden para hacerle su petición, y en tres distintas ocasiones Yspadadden los recibió arrojándoles una jabalina envenenada a traición. En las tres ocasiones, la jabalina le fue devuelta por Bedwyr, Menw y Kulhwch, atravesándole una rodilla, el centro del pecho y un ojo. Finalmente, Yspadadden aceptó tratar con ellos y pidió a Kulhwch lo siguiente: sembrar en un solo día un campo de trigo para hacer con él la comida y la bebida de su festín de bodas, para lo cual necesitaría a Amaethon, hijo de Don, para preparar la tierra; a Govannon, hijo de Don, para sacar el hierro de la tierra; a los bueyes de Melyn Gwanwyn para ararla; granos de lino que salieran de una tierra roja para hacer el tocado de novia de su hija; una miel dulcísima para el banquete; la copa de Llwyr, que contiene un fuerte licor; el cesto de Gwyddneu Garanhir, donde siempre había comida suficiente para cien hombres; el cuerno de Gwlgawt Gogodin para derramar la bebida del banquete; el arpa de Teirtu, que tocaba sola, para la fiesta; los pájaros de Rhiannon para distraerlo durante el banquete; el caldero de Diwrach el irlandés para hervir los manjares del banquete; el colmillo del jefe de los jabalíes para afeitarse el día de la boda, para lo cual debería encontrar a Od-gar, hijo de Aedd, el único que se lo podría arrancar, y a Kado de Prydein, que debería custodiar el colmillo; la sangre de la bruja Gorddu para alisar los pelos de su barba, para lo cual necesitaría las botellas de Gwiddolwyn Gorr, únicos recipientes que la podían mantener caliente; las botellas de Rinnon Rin Barnawt para conservar la leche fresca, y por último tendría que conseguir el peine y las tijeras que llevaba el jabalí Twrch Trwyth para arreglar sus cabellos. Pero no podía conseguirlos sin Drutwin, el cachorro de Greit, y debería montar el caballo de Gweddw para encontrar al único que podría cazar al jabalí: Mabon, desaparecido desde la tercera noche de su nacimiento... y una serie interminable de exigencias más. Sólo cuando hubiera logrado cumplirlas y reunir todos aquellos objetos, Kulhwch podría volver a esa corte y casarse con Oiwen.

Y todos los hombres de Arturo empiezan a buscar aquellos tesoros. Kei logra conquistar la espada de Gwrnach Gawr, Arturo y sus hombres liberan a Eidoel y con él visitan a los animales más antiguos del universo (mirlo, ciervo, águila y salmón) para preguntarles por Mabon. El salmón conduce a Kei hasta Ma bon y lo liberan. Arturo consigue al cachorro de Greit. En la cacería de Yskithyrwynn, el jefe de los jabalíes, intervienen Mabon, Arturo y Kaw, quien le corta la cabeza y se apodera del colmillo. Arturo se apodera del caldero que guardan los irlandeses. Tras una larga persecución logran quitarle a Twrch Trwyth el peine y las tijeras y finalmente Arturo mata a la bruja Gorddu y su sangre es recogida por Kaw. Kulhwch acude a la corte de Yspadadden con todos los objetos acompañado de los hombres que éste más odiaba, sus peores enemigos, entre los que se encontraba Goreu, hijo de'Kustenin. Tras una serie de lances complicados, Olwen es entregada a Kulhwch, y Goreu termina por decapitar a Yspadadden y clavar su cabeza en una estaca. La extensa, complicada y maravillosa historia termina con el casamiento entre Kulhwch y Olwen.

La Dama de la Fuente

(Otuein, -protagonista de este relato, es más conocido por el nombre de sir Ivayn o sir Gawain) Estaban reunidos un día todos los hombres de Arturo en su corte cuando, a instancias de Kei y mientras Arturo dormía, Kynon, hijo de Klydno les contó la siguiente historia: Una vez, deseoso de aventuras, Kynon decidió marchar hacia las tierras desiertas y salvajes. En su camino encontró un castillo donde fue acogido por un hombre de gran cortesía y veinticuatro doncellas. Durante la cena le explicó a su huésped el motivo de su viaje y le preguntó qué aventura peligrosa podría encontrar. El dueño del castillo le dijo que fuera al encuentro del Hombre Negro y éste le indicaría lo que debía hacer.

Al día siguiente Kynon se puso en marcha y encontró al Hombre Negro en la cima de una colina. Le sorprendió el poder que tenía aquel hombre semi-salvaje sobre todos los animales del lugar, que a pesar de su descortesía le indicó el camino a seguir. Debía ir hasta el final de cierta llanura, en cuyo centro se encontraba un árbol. Debajo del árbol vería una fuente y en el borde de la fuente una losa sobre la cual se encontraba un recipiente de plata. Debería tomar el recipiente, llenarlo de agua y derramarla sobre la losa. Después de esto oiría un gran trueno, al que seguiría un aguacero de granizo. En el momento en que el árbol quedara completamente deshojado, se apaciguaría el temporal y acudirían al lugar unos pájaros de canto maravilloso. Al cabo de un rato, en el momento en que más extasiado estuviera en el canto de los pájaros, vería llegar a un caballero vestido de brocado negro. Si lograba vencer a aquel caballero, sería inútil que buscara más aventuras, porque ya nadie sería capaz de vencerlo. Kynon se encaminó hacia ese lugar y todo ocurrió tal y como le había dicho el Hombre Negro. Cuando más extasiado estaba con el canto de los pájaros apareció el Caballero Negro y en un primer enfrentamiento éste lo derribó del caballo. Se llevó su caballo y lo dejó allí tendido.

Después de oír esta triste historia de Kynon, Owein, hijo de Erbin, resolvió dirigirse a aquel lugar. Al igual que Kynon, Owein es recibido por el dueño del castillo y las veinticuatro doncellas, luego encuentra al Hombre Negro que le indica el camino a la fuente y lo que debe hacer una vez allí. Owein siguió las instrucciones y en el momento en que estaban cantando los pájaros apareció el Caballero Negro y arremetió con toda furia contra Owein, pero éste lo hirió mortal mente. El caballero huyó y Owein lo persiguió, hasta que llegaron a una ciudad fortificada. El caballero logró entrar, pero Owein quedó apresado pues hicieron caer el rastrillo. En esto se acercó a él una doncella, que decidió ayudarlo. Le entregó un anillo cuya virtud consistía en hacer invisible a quien lo llevara. De este modo, cuando los hombres de la ciudad salieron a apresarlo no lo encontraron, y Owein se reunió con la doncella, Lunet, que lo condujo hacia sus habitaciones.

Aquella misma noche toda la ciudad estuvo de gran duelo por la muerte del señor del castillo, que era el Caballero Negro, y al amanecer Owein pudo ver cómo llevaban el cuerpo del señor a la iglesia. Detrás de la hueste iba una mujer, la esposa del señor del castillo, cuya belleza fascinó a Owein. Así se lo dijo a su amiga Lunet, y ésta organizó la boda de Owein y la Dama de la Fuente, que no era otra que esa misteriosa y bella dama. Desde entonces Owein se convirtió en guardián de la fuente. Arturo estaba muy triste por la súbita desaparición de Owein, y comprendiendo que ese hecho guardaba relación con el relato de Kynon, se dirigió acompañado por sus hombres al castillo de las veinticuatro doncellas. Luego encontraron al Hombre Negro, y finalmente llegaron a la fuente. Después del trueno, el aguacero y el canto de los pájaros apareció Owein. Nadie lo reconoció y Owein luchó contra todos los hombres de Arturo, a los que fue venciendo, hasta que al final sólo quedaron Gwalchmei y Arturo. Entonces Owein luchó con Gwalchmei y no lo reconoció hasta que de un golpe apartó el yelmo de su rostro. Se acabaron entonces los combates y Owein invitó a Arturo y a todos sus hombres a su corte.

Cuando decidieron partir, Owein los acompañó y juró a la Dama de la Fuente que estaría de vuelta en tres meses, pero permaneció en la corte de Arturo tres años. Un día llegó a la corte de Arturo una doncella y llamando a Owein embustero y traidor le quitó el anillo que le había regalado Lunet. Se apoderó de Owein una gran tristeza, y a la mañana siguiente se marchó de la corte de Arturo en busca de tierras salvajes y desiertas. Pasó mucho tiempo en soledad acompañado de animales, hasta que su aspecto se transformó, y se debilitó tanto que tuvo que bajar de las montañas. Llegó a una corte, donde lo cuidaron, y se pudo restablecer gracias a un ungüento maravilloso. La corte pertenecía a una condesa viuda a la que cierto conde pretendía arrebatarle sus dominios. Owein salvó a la condesa de esta amenaza y siguió su camino.

De pronto encontró en un bosque a un león y a una serpiente que lo amenazaba. Owein mató a la serpiente, y desde entonces el león lo siguió a todas partes donde fuera. Estando una noche en otro bosque encontró a una doncella que dijo ser Lunet y le explicó que dos escuderos de la corte de su señora la matarían si no la defendía Owein, contra quien aquellos hombres habían dicho palabras injuriosas por haber abandonado a su señora. Lunet no reconoció a Owein y éste fue a pasar la noche a un castillo donde reinaba la más profunda tristeza, pues al día siguiente un gigante que había apresado a los dos hijos del dueño del castillo los mataría si el dueño no les entregaba a su hija. Owein venció al gigante con la ayuda del león y salvó a los dos muchachos. Entonces se dirigió al lugar donde se encontraba Lunet y combatió contra los dos escuderos que pretendían quemarla en una hoguera, y con la ayuda del león los venció. Owein y Lunet regre saron juntos al castillo de la Dama de la Fuente y Owein ya no la volvió a abandonar mientras vivió. Un día, Owein se dirigió a la corte del Negro Opresor y el león no lo abandonó hasta que hubo vencido. Le concedió gracia y el Negro Opresor le juró que a partir de entonces sería hospitalario. Owein liberó a las veinticuatro doncellas que tenía allí apresadas y regresaron todos juntos a la corte de Arturo, pero esta vez Owein se apresuró a regresar enseguida a sus tierras junto a la Dama de la Fuente.

El Sueño de Rhonabwy

Madawc, hijo de Maredudd, rey de Powys, organiza una compañía de hombres para buscar a su hermano Iorwerth, que huyó a Lloeger devastando todas sus tierras después de rechazar un cargo que Madawc le ofrecía. Entre los hombres que formaron esa compañía estaban Kynnwric, Kadwgewn Vras y Rhonabwy. Estos hombres se detuvieron en la casa de Heilyn Coch y cuando llegó el momento de acostarse sólo dispusieron de lechos sucios, llenos de paja polvorienta y pulgas. No pudiendo dormir en aquel lecho, Rhonabwy fue a echarse sobre una piel de ternero que había visto en la sala. Y allí se durmió y tuvo el siguiente sueño: Se dirigía con sus compañeros hacia Rhyd y Groes, en el Havren, cuando oyó un gran ruido y vio un caballero vestido de amarillo y verde al igual que su caballo. El caballero era Iddawc Cordd Prydein ("el intrigante de Bretaña"), y ese apodo le fue impuesto por haber sembrado la discordia entre Arturo y Medrawt y haber provocado así la batalla de Camlan. Después de hacer penitencia durante siete años fue perdonado.

Iddawc los acompañó hasta el Havren. A ambos lados del vado vieron multitud de pabellones y a Arturo sentado en una isla, acompañado de Bedwin, el obispo, Gwarthegyt, hijo de Kaw, y un gran joven de cabellos castaños. Iddawc y los otros saludaron a Arturo y éste sonrió amargamente diciendo que mucho le entristecía ver a hombres tan despreciables defendiendo la isla, cuando antaño habían sido tan valerosos. Iddawc explicaba a Rhonabwy quiénes eran todos aquellos hombres que estaban allí reunidos cuando un caballero, Karadawc Vreichvras, dirigió palabras ásperas a Arturo, diciéndole que ya era momento de dirigirse a Baddon para luchar con Osla Gy Uellvawr. Se pusieron en marcha, y Rhonabwy e Id dawc se detuvieron para contemplar cómo se levantaban los pabellones y avanzaban los ejércitos, que se distinguían por sus múltiples colores. Llegaron a Kaer Baddon y en medio de un ejército vieron cabalgar a un caballero al que todos se acercaban a ver. Era Kei.

Luego, Arturo se dispuso a jugar al ajedréz con Owein. Durante la partida, acudieron tres hombres a advertir a Owein que los escuderos de Arturo estaban molestando a sus cuervos. Tres veces consecutivas pidió Owein a Arturo que llamara a sus hombres, y éste le rogó que continuaran la partida sin prestarles más atención. Al final, Owein ordenó al escudero que enarbolara el estandarte para que los cuervos pudieran volar. El escudero así lo hizo y ellos continuaron la partida. Mientras jugaban, acudieron tres hombres de Arturo a pedir a Owein que detuviera a sus cuervos, pues estaban causando estragos. Arturo le rogó gante que había apresado a los dos hijos del dueño del castillo los mataría si el dueño no les entregaba a su hija. Owein venció al gigante con la ayuda del león y salvó a los dos muchachos. Entonces se dirigió al lugar donde se encontraba Lunet y combatió contra los dos escuderos que pretendían quemarla en una hoguera, y con la ayuda del león los venció. Owein y Lunet regresaron juntos al castillo de la Dama de la Fuente y Owein ya no la volvió a abandonar mientras vivió.

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