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HISTORIAS DE FANTASMAS

Las Más Alucinantes Historias de Fantasmas y del Más Allá

Introducción

Desde que el hombre es tal siempre ha aspirado a la eternidad, y para ello no ha dudado en colocar en un pedestal a una figura inalcanzable que en cada cultura se denomina de formas muy distintas. Las civilizaciones más primigenias nos han dejado innumerables legados y pruebas de que una vez finalizado nuestro peregrinar por esta vida existe algo que se escapa a nuestro entendimiento. Por eso, no es de extrañar que desde la más lejana prehistoria una de nuestras mayores preocupaciones haya sido la de desentrañar el misterio del tránsito a la otra vida. Pueblos antiguos tan avanzados en medicina y astrología, entre otras importantes materias, como el egipcio o el griego, cuidaban con esmero que sus muertos lograran encontrar el camino que les condujera a la eternidad. Hoy sabemos que el embalsamamiento, en unos casos, o la postura del cadáver dentro del túmulo, eran claves primordiales para conseguir este último objetivo. Pero no nos engañemos; siempre es lo mismo. Otros pueblos consideran necesario morir en pleno acto de valor para alcanzar el wcúhalla -el paraíso- o haber enviado al infierno a unos cuantos infieles para ascender junto a los profetas. La sangre, la crueldad y la violencia siempre han ido íntimamente ligadas a las creencias religiosas, y si prestamos un poco de atención al devenir de las culturas, veremos que la mayoría de aquellos ídolos a los cuales adoramos como dioses suelen ser violentos. Además, si no cumplimos los preceptos estipulados por ellos, los castigos casi siempre son idénticos: consumirse en una condenación eterna, o que el alma del interfecto vague por entre el valle de las sombras hasta que expie todas y cada una de sus culpas.

En el presente libro hemos intentado aproximarnos a la visión de ese valle de las sombras, de ese lugar al que ni siquiera puede denominarse limbo porque suele ser un lugar de sufrimiento; un lugar destinado a aquellas almas que no han podido concluir la tarea que tenían encomendada cuando tomaron forma corporal en la tierra. Son historias verídicas que usted podrá creer o no, por que, en definitiva, se sitúan en el espacio de la leyenda. De muy poco serviría que yo jurara y perjurara que todas ellas tienen visos de contener una gran verdad en su interior si no hay una determinada disposición de ánimo y una visión subjetiva previa de todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Los fantasmas existen. Siempre han existido y existirán. Desde muy pequeños se nos inculca la idea de que cuando no nos comportamos cómo los adultos quieren que lo hagamos alguien muy perverso nos va a raptar y llevar con él a la fuerza. O bien que en la oscuridad van a venir los fantasmas y nos van a comer. ¿Por qué cambiar el argumento cuando se habla de las apariciones fantasmagóricas como de un hecho factible? Lo más fácil es negarlo y considerarlo como una tontería más. Pero lo cierto es que desde nuestra más tierna infancia aceptamos la verdadera existencia de los fantasmas como algo real y después, como es lógico, esta creencia permanece en nuestra conciencia, porque las cosas que se aprenden en la infancia suelen acompañarnos durante toda la vida.

Recuerdo que cuando tenía cuatro años mi padre me leía cuentos en la cama. Como es lógico, él se quedaba dormido y yo, por no despertarle, apagaba la luz y pasábamos juntos toda la noche mientras mi hermano, más pequeño que yo, hacía lo propio con mi madre. Pues bien, una de esas noches en que la oscuridad reinaba en la habitación me desperté sobresaltado por un pequeño ruido que tintineaba sin cesar. Era el sonido de una máquina de escribir. Me incorporé y ví en las cortinas la sombra de alguien que escribía con frenesí. Recuerdo que me asusté porque era una figura imposible. El bloque de casas que había enfrente estaba a más de cuarenta metros. Desperté a mi padre y también la vió, pero el sueño era más poderoso y le venció. Al cabo del tiempo caí en la cuenta de que aquella figura podría haber sido el reflejo de mi propio destino. ¿Era mi cuerpo astral proyectado que me indicaba que mi camino por esta vida iba a ser el de escribir? ¿...quizá por ello me dediqué después de mucho tiempo al periodismo y a la literatura?

Presencias, apariciones, fantasmas buenos o malos, espectros..., de todo podemos encontrar si buceamos un poco en este ámbito. La tradición oral se ha encargado de hacernos llegar algunas historias, pocas por desgracia. El espacio de este libro ha dado para deambular por algunas de ellas que van desde el medievo hasta nuestros días. Existen algunas que no hemos incluido por ser en extremo populares, como la del famoso fantasma del Palacio de Linares, o la del fantasma que se aparece en el madrileño puerto de Galapagar. El objetivo final ha sido dejar testimonio de que desde la Antigüedad se recogen textos en los que los espectros se aparecen a los seres humanos, nos guste o no, aunque a veces resulte más conveniente negar la evidencia. Es más fácil creer que los espectros existen solo en películas como Ghost, el fantasma bueno; El fantasma de Canterville, espectro miedoso, o El fantasma de la opera, fantasma asesino. ¿Por qué estos sí nos resultan creíbles y los que no pertenecen al ámbito cinematográfico no lo son tanto? Porque en el fondo, el ser humano viene a ser como el fantasma de Canille: también tiene miedo a lo desconocido.

Pero ahondemos en figuras más complejas, en aquellas que todavía no han alcanzado la bondad, porque no conviene olvidar que siempre que hay un haz también hay un envés de la misma moneda. Casi todo el mundo mantiene la creencia de que todas aquellas figuras espirituales que se manifiestan desde el inframundo suelen venir para protegernos o para ayudarnos en una situación angustiosa. Nada más lejos de la realidad. Son muchos los casos en los que las figuras fantasmagóricas sólo buscan un cauce por el cual canalizar sus ansias de venganza. Poco pueden hacer contra nosotros desde el punto de vista físico, pero mucho desde el punto de vista psíquico. A veces nuestra propia mente puede jugarnos muy malas pasadas e infringirnos a nosotros mismos ese tan merecido castigo que proyectamos en la figura fantasmal. En este sentido, los sueños juegan un papel fundamental. En ellos proyectamos nuestras frustraciones y fracasos. Pocos son aquéllos sueños que, cuando regresamos a la vigilia, dejan en nosotros una agradable sensación. Ni siquiera aquellos de alto contenido erótico, ya que suelen guardar en su trasfondo el aroma y el sabor de algo que nunca logró atracar en buen puerto. Los fantasmas, como sin duda puede usted mismo comprobar, querido lector, se nos muestran de muchas formas, aunque debamos volver aquí a aquellos que tienen una presencia más real y que no son solamente producto de nuestro subconsciente.

La religión, como he dicho con anterioridad, suele ser el combustible que alimenta las figuras espectrales. Porque, en el fondo, cuando se habla de una aparición mariana o de algún santo de la corte celestial, ¿no estamos hablando de la aparición de un fantasma? ¿no se trata, acaso, de una figura de ultratumba que viene a manifestarse al mundo de los vivos? ¿no es algo irreal que se halla entre lo real y palpable? Aquí es donde alcanza su máxima expresión ese dicho llano de «lo ancho para mí y lo estrecho para tí». En función de la figura espectral que tengamos delante de nosotros se tiene una mayor o una menor credibilidad respecto de la aparición. Si es la Virgen de Fátima la que se aparece no es ningún fantasma, sino una figura de carne y hueso envuelta entre nubes que viene a avisarnos del mal camino por el que pisa la humanidad. Ahora bien, si se trata de cualquier otro espectro, entonces el individuo que ha sufrido esa visión estaba alucinado. Doble moral de una civilización que cada vez creemenos, incluso en lo que ve. Pocos son los que afirman no haber sentido una presencia dentro de una estancia aunque sus ojos no hayan podido Verificarlo. Algo siempre inmanente a nuestra condición humana nos va a llevar a negar algo en lo que creemos a pies juntillas. Es mucho más fácil creer en el cielo y en el infierno -como hizo ya en su día Enmanuelle Swedenborg- que en los fantasmas. Es más, incluso cuando se hace burla de ellos representándolos con una bola atada al tobillo, no se hace otra cosa que intentar atrapar con un lazo un halo de humo o intentar atrapar entre las manos un chorro de agua. Siempre se nos escurrirá de entre los dedos ese agua de la misma forma que escapará a nuestro entendimiento el porque se nos representan cuerpos atrapados en otras dimensiones.

El temor a lo desconocido nos lleva a justificar, de la forma más peregrina, situaciones que no llegamos a alcanzar con nuestra razón. Si se rieron de Julio Verne cuando escribió que el hombre, algún día, viajaría a la Luna y a otros se les tildó de locos visionarios, ¿qué no hacer con todos aquellos que en la actualidad afirman ver cosas que la práctica totalidad de la población no alcanza a atisbar? Cierto es que conviene desgranar todos los testimonios. Sin embargo, los fantasmas no tienen predilección por aparecerse a un estrato social determinado. Se aparecen y punto. Los seres humanos guardamos muy poca memoria histórica, y aquello que no interesa retener en los libros se oculta en el más oscuro de los rincones. Sólo la transmisión oral ha retenido en la memoria, generación tras generación, algunos hechos insólitos, de los cuales traemos a este libro un buen racimo. También es cierto, por otro lado, que «la aparición» de programas-basura en televisión en los que se mezclan contenidos esotéricos de cierta seriedad con gente «absurda que afirma poseer poderes y ver futuros -halagüenos para sus bolsillos, claro está- han hecho de esta materia algo muy poco creíble. Pero las modas cambian, los programas de televisión vienen y van y es casi seguro que esos profanadores de lo esotérico algún día vagarán también por entre los valles de las sombras. En definitiva, el fenómeno existe. Si lo desean, pueden abrir sus mentes, como afirman quienes están familiarizados con estas cuestiones, pero si deciden no hacerlo, será suficiente con que lean las próximas cuarenta historias y juzguen después.

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