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VELAS E INCIENSOS

LAS VELAS Y LOS INCIENSOS

Para llevar a buen término cualquier ritual de MAGIA BLANCA, o dicho de otro modo, para obtener los beneficios que a través de él se pretenden, es imprescindible depositar en dicho acto una fe berroquena a prueba de cualquier duda o agresión exterior. No basta con el hecho de que una necesidad más o menos perentórea OBLIGUE a buscar ayuda o auxilio para que nuestras plegarias sean escuchadas y atendidas, como si la simple circunstancia de pronunciarlas fuese una total garantía de éxito. Es principio fundamental, condición «sine qua non» diría, tener esa fe ciega de la que hablaba anteriormente..., fe inquebrantable en aquello que estarnos haciendo y en el porque lo estamos haciendo. De establecer un paralelismo con el mundo católico equivaldría a decir que la oración del PADRENUESTRO, por el solo hecho de recitarla, no va a mitigar nuestros dolores físicos, psíquicos o espirituales. Es ineludiblemente necesaria la fe en Dios, el amor hacia Él, nuestra entrega total y sin reservas, para que tengamos una mínima certeza de que nuestros ruegos y suplicas van a ser escuchados por el Creador.

Idéntica Filosofía debe Aplicarse a los Rituales de las Velas.

El uso o utilización de las velas es antiquisimo, tradicional y polivalente. La liturgia católica es un ejemplo flagrante de la polivalencia a que me refería. Basta tan solo trasponer el umbral de una iglesia para que nuestra pituitaria se impregne del característico olor a cera ya que, una de las constantes mas generalizadas de los fieles, es encender velas a aquellos santos -a sus imagenes para ser más concretos- de los que son devotos, ya para agradecer una gracia concedida, ya para solicitarla. Este hecho, el de honrar a los santos con la ofrenda de una vela, es explícito por sí mismo en cuanto al valor religioso y místico de aquella, en tanto y cuanto lo que se pretende, es ofrecer a la imagen que representa el leit motiv devoto, luz con la que realzar su esplendor y grandeza.

También es frecuente el empleo de velas aromáticas para eliminar los olores ofensivos que el tabaco, la condimentación de las comidas o los desperdicios de las mismas, crean en la atmósfera de los hogares. Pero el tratamiento que voy a dar a la utilidad de las velas es otro, es devocional como pueda serlo el de los católicos, pero al mismo tiempo mágico. Es en función de esta última circunstancia que me permito establecer una especie de leyes morales que deben atender a las siguientes, digamos claúsulas:

I. Ser conscientes de las razones por las cuales vamos a servirnos de las velas.

II. Concretar antes del inicio del rito si la ofrenda y lo que de ella se pretende redundará en bien del oficiante o de terceras personas.

III. Si se trata de beneficiar a una persona ausente físicamente de la ceremonia, es imprescindible contar con su beneplácito o aquiescencia para que esta, al menos de un modo espiritual se integre en la parafernalia mística del acto devocional que vamos a realizar en su nombre. Se pretende que exista una simbiosis etérica entre oficiante y beneficiario, para que la realización surta los efectos mágicos apetecidos. Actuar sin el consentimiento de dicha persona podría reportar consecuencias negativas para ella y para quién escenifica la ceremonia.

IV. Es de capital importancia elegir escrupulosamente la fecha y hora en que se realizará el rito, al igual que el planeta, signo astrológico, Arcangel protector y Sello del mismo, y tonalidad de la vela, todo ello en perfecta connivencia con la petición que se vaya a formular.

V. No olvidar en ningún momento que la vela puede actuar como sistema adivinatorio, método de protección, o como auxilio para obtener un deseo, restablecimiento de un enfermo, alivio de tensiones psíquicas tan frecuentes en el hombre actual y, lógicamente, para solicitar la luz necesaria que alumbre nuestro camino en pos del éxito siempre y cuando ese éxito particular no venga en detrimento de la felicidad de terceros o se interponga en el camino que otros puedan seguir en busca de idénticas obtenciones.

VI. Estricto concienciamiento de que la magia de las velas no es una diversión que pueda tomarse a la ligera, sino que se trata de un ritual en el que se barajan fe, mística y devoción, por lo que no admite ligerezas ni frivolidades. Estas mismas razones pueden aplicarse al hecho concreto de que no debe abusarse de este ritual como sucede en otros sistemas de adivinación o peticiones; eso quiere decir que no es prudente encadenar rito tras rito, encender velas y apagarlas para prender otras de diferente color y realizar subsiguientes súplicas. Eso, amen de nefasto, puede acabar creando una psico-dependencia, acto que anula por completo los efectos benefactores a que se aspira.

VII. El hecho de quemar una vela en un conjuro mágico-místico comporta de inmediato la invocación de unas fuerzas superiores e invisibles, abstrayéndolas de su mundo para que acudan al nuestro, a la demanda que les planteamos de acuerdo con las necesidades supuestamente perentóreas que nos impulsan a establecer tal contacto. Procuremos en todo momento que los motivos de nuestra súplica sean en verdad importantes.

VIII. Por último, insistir de nuevo en la esencia de las frases que he apuntado al principio: fe inquebrantable, Función devota, confianza en los poderes que invocamos, solemnidad y entrega total. Y una conciencia firme, convicta de que actuamos en nombre del bien y de la luz.

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