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SOBRE LA IMPORTANCIA DEL INCIENSO
Decía en el texto del artículo o regla VI del apartado anterior -que desglosa los matices y puntualizaciones a la hora de establecer una ortodóxia general en la escenificación de los rituales mágicos con velas- que el incienso puede convertirse en un importante auxiliar de los mismos, ya que su humo aromático ayuda a establecer una vía mística de contacto entre el oficiante o suplicante y los poderes superiores que invocará para la obtención de la gracia solicitada. Nada más cierto, desde luego. Como no lo es menos la influencia del incienso en la historia de la humanidad, hecho que demostraré seguidamente con una serie de incontrovertibles testimonios escritos al respecto. Pero antes de pasar a ello -dado que voy a ofrecer perspectivas y aspectos muy generalizados de la incidencia de esta gomorresina aromatica-, quisiera centrar la atención del lector en el hecho puramente místico, y esotérico si se me apura, del incienso.
La presencia de este fragamento elemento es condición sine qua non a la hora de elevar oraciones a los espíritus del mundo astral en solicitud de su gracia y auxilio. Es obvio que estas súplicas seran dirigidas a los espíritus benéficos del mundo astral o de la otra dimensión, que son aquellos que durante su estancia terrena consagraron su vida al apostolado del bien fuera cual fuese la faceta social o profesional que en su paso por la Tierra ejercitaron. Los espíritus acogen agradecidos este tipo de ofrenda no por la fragancia en si que desprenden las varillas al consumirse, si no por el significado austero que encierra en sí mismo la consunción de aquellas. De ahí el que pueda asegurarse que las oraciones carecerán practicamente de contenido, y por supuesto de efectividad, si no se acompañan con la ofrenda del incienso más adecuado a cada una de las peticiones que se efectuen.
En este tipo específico de ritos a los espíritus del mundo astral es ineludible que exista la presencia de DOS VELAS BLANCAS -símbolo incuestionable de la luz-, en medio de las cuales se situarán las varillas (en el interior de un vaso o soporte) con el aroma mas adecuado a la petición que se va a formular. Como ya he significado también en el uso de las velas, es procedente prender el incienso con cerillas, avivarlo agitandolo, y dejar que se extinga por sí mismo, esparciendo al final las cenizas en el aire (terraza, parterre, jardín, etc.) o en el mar, pero nunca deshaciendose de ellas en el lavabo o cubo de desperdicios. Antes de pasar definitivamente a las perspectivas histórico-generales del incienso (que nos hablarán de su importancia tradicional, relacionare los aromas a seleccionar en función de las peticiones o súplicas que se realicen:
PARA ROMPER HECHIZOS, MALEFICIOS, Y DESTRUIR LA MALDAD DE LOS ENEMIGOS, aromas de ámbar y musk.
PARA ATRAER LA BUENA SUERTE Y PROTECCIÓN CONTRA ACCIDENTES,
ENEMIGOS Y CONTRATIEMPOS, aromas de jazmín, clavel, violeta o canela.
PARA CREAR UN BUEN AMBIENTE FAMILIAR, aromas de lavanda, rosa o romántica.
PARA SALVAR UN MATRIMONIO, aromas de lavanda, rosa, jazmín, romántica o especial mil flores.
ETIMOLOGÍA Y SINÓPSIS - HISTÓRICA DEL INCIENSO
Con esta palabra se designa una gomorresina obtenida por incisión de Árboles del genero Boswelia, de la región subtropical, y que al ser quemada produce un olor balsámico. El lugar de origen del incienso era, según la Biblia, el pais de Saba. En realidad, la producción de dicho pais no bastaba para el consume Lo que sucedia era que sus habitantes monopolizaban el comercio del incienso, substancia que también, como al presente, se producía en el litoral del golfo arábigo y en la Somalía. Los nombres dados al incienso en los antiguos idiomas parecen referirse a sus aspectos al salir de la corteza: lebonah, significa en hebreo, blanco, y de ahí procede el griego libanos, el arabe luban y el latino o libanum. El nombre de thus parece proceder, sin embargo, de byein (sacrificar).
La palabra incienso deriva de la latina incendo (encender, quemar). En la antigua civilización de los paises comprendidos entre el golfo Pérsico, el mar Rojo y el Mediterráneo, incluyendo Egipto, era muy usado desde antiguo para producir, quemándolo, humos de olor agradable. Inscripciones e imágenes egipcias, que Dimchen copió del templo de Deir-el Bahari, de la orilla izquierda del Nilo, en Tebas (Alto Egipto), y que descifró, demuestran que, en el siglo XVII antes de nuestra era, una flota egipcia se dirigió a los países llamados To-nuter y Pun (o Puone, Punt); por mandato del rey Rama-Ka, la flota trajo de allá ana y Árboles vivos que producían esta substancia y, ademas, leña de sándalo, leña de aloes, corteza de casia, colmillos de elefante, antimonita, oro, monos, etc. Según toda probabilidad, ana, significa aquí incienso, aún cuando también se ha dado este nombre a otras resinas y gomas.
Los antiguos hebreos, en sus ceremonias religiosas, hicieron gran uso del incienso, que los fenicios se procuraban de Arabia en gran escala. El incienso fue llevado también, a veces, a través del sur de Arabia, a las orillas del mar Rojo, y de allí, por ejemplo, a Gazan, frente a las islas Farsan, y luego al puerto egipcio Kosser o también por tierra al norte de Arabia y Palestina. Asimismo en tiempos lejanos fue exportado incienso a Persia y Babilonia. El comercio del incienso tuvo evidentemente gran desarrollo en épocas muy antiguas en los países del litoral del mar Rojo. Ya Teofrasto describe la actividad de los sabeos, el pais del incienso, Libanotifera regio, tenía gran nombradia en la antiguedad, aun cuando Estrabon y el autor de Periplus sabían ya que las costas del pais de los somlis también suministraban incienso.
Sin duda, ya entonces era llevado este a los puertos árabes y de allí se reexpedia a países mas lejanos todavía, por ejemplo, según parece, a China en el siglo III de nuestra era. Da idea de lo muy apreciado que era entonces el incienso, el dato debido a Plutarco (autor de las Vidas Paralelas); cuando Alejandro Magno se apodero de Gaza formaron parte del botín 500 talentos de incienso y 100 de mirra, que fueron enviados a Macedonia. También confirma esta idea la noticia debida a Herodoto, de que los árabes fueron obligados a pagar al rey persa Darío un tributo anual de 1.000 talentos de incienso. Plinio y Dioscorides hablan extensamente del incienso, a cuyo uso se acostumbró poco a poco Roma, del cual se gastaron inmensas cantidades por orden de Neron en el entierro de Popea. En Gaza, al sur de Palestina, se implantó un derecho de entrada al incienso.
De Egipto se tiene la referencia más antigua (?) del uso del incienso en las ofrendas a las deidades y a los muertos. También se conoce su empleo en otros pueblos del próximo Oriente, en sus actos de culto; así, en Babilonia y Persia, y en los pueblos de Palestina. Los griegos, antes de utilizarlo (s. VIII a. de J.C.), ya se habían familiarizado con la idea de agradar a los dioses con humaredas olorosas, pero sirviéndose de maderas odoríferas. Es probable que el uso del incienso se introdujera, entre los griegos, con el culto a Afrodita, de origen oriental: empleaban incensarios fijos situados cerca del altar; incensarios portátiles, y también entremezclaban el incienso con las víctimas ofrecidas a los dioses. En el culto a las divinidades romanas, su uso era más general: al principio, también utilizaron sus adeptos humo de maderas odoríferas, pero con el culto a Baco se inició el empleo del incienso, generalizandose de tal modo que fue considerado como elemento esencial en los rituales, sin el cual el sacrificio no era completo. En otras religiones también se empleo, o se emplea, el incienso; así en el antiguo México, entre los budistas (introducido en el siglo VII a. de 3.C.), y fuera del culto oficial, entre los mahometanos.
También el pueblo hebreo -como se ha apuntado anteriormente- hizo uso del incienso en sus actos de culto, pero la fecha de su incorporación a los mismos es harto discutida. Los judíos ofrecianlo sólo o junto con otros sacrificios. Si era ofertado en solitario, el incienso carecia de total pureza, siendo mezclado con otros ingredientes, y la fusión se realizaba meticulosamente por parte de los sacerdotes. De manera general, se usaba también mezclado en otras religiones antiguas. Entre los hebreos, al margen de ser empleado en las grandes festividades y sacrificios y súplicas -excepto en las ofrendas por los pecados o expiaciones-, era ofrecido diariamente en el altar de los perfumes, dos veces al día: a las nueve de la mañana y a las tres de la tarde. Este rito, cuya puesta en escena se reservaba en principio a Aaron, fue confiado posteriormente a un sacerdote designado por sorteo. En el culto hebráico, el incienso se ofreció solo a Dios, y los sacerdotes eran los únicos encargados de guardar este perfume. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el incienso es el símbolo de la oración.
En el culto cristiano no se tienen pruebas fidedignas e irrefutables de que apareciese antes de la segunda mitad del siglo IV, pues las alusiones anteriores a este período son meramente simbólicas. Por otra parte, hay textos que parecen probar la prescripción del incienso en los actos rituales, sin duda para recordar el culto a los ídolos paganos. En el IV aumentan los escritos referentes a su uso por parte de los cristianos, aunque no con un claro sentido ritual. En principio fue utilizado en los ritos funerarios y con cierta finalidad práctica, hasta adquirir paulatinamente un carácter de homenaje al extinto. Más tarde aparece en el tránsito de reliquias y, por este motivo, en la dedicación de las iglesias. En la Iglesia oriental, y ya con finalidad litúrgica, su uso era bastante generalizado a fines del siglo IV y principios del V. Los testimonios se multiplican y poco a poco su utilización se convierte en cotidiana. También en la Iglesia occidental su empleo se populariza, y en determinadas ocasiones adquiere especial importancia. Los altares son incensados, y también hay incensarios fijos, como el que a finales del siglo VII el papa Sergio mandó disponer en San Pedro.
Hasta las Ordines Romani no se tienen detalles fiables acerca de su utilización en el culto litúrgico. En el siglo VII, y posiblemente antes, el incienso se usaba en Roma, en la misa, a la entrada y salida del Papa y cuando el diacono subía al ambon para leer el Evangelio Pausadamente y en parte por influencia galicana se introduce en otros fragmentos de la misa, hasta el empleo actual, exceptuándose el momento de la consagración, al que tardó bastante en incorporase. Posteriormente se le utilizó en el oficio divino y en otros actos del culto, y asimismo se generalizan las oraciones para la bendición del incienso, en las que de ordinario se encuentra la idea de que aquel, al consumirse, es un sacrificio ofertado a Dios con la esperanza de recabar y recibir su auxilio. Las oraciones y bendiciones del incienso se desarrollan a partir del siglo X y varían según el origen de los distintos misales y libros litúrgicos.
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